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No me dejaron entrar, publicado en Noctívagos, ediciones Valazul. Un relato sobre la Guerra Civil en Jaén

NO ME DEJARON ENTRAR

No, no me dejaron entrar. Allí me quedé entonces. Pero no me dijeron nada hasta el final. Ya era demasiado tarde. Dos días enteros con sus noches. Y anda que no hacía frío. Hacía un frío fuerte que se te mete en los huesos y no te deja. Sabañones me salieron en las orejas y en los pies. Llovía un agua como continua, absurda. Estuve dos noches empapada, que me dolían los pulmones cuando respiraba, que los tenía mojados, me dijo el médico cuando todo ya se acabó y yo fui a mi casa y le dije a mi marido lo que había pasado. Una semana entera estuve sin poder trabajar, sin poder ir al campo y ayudarle a mi marido, el pobre, que apenas tuvo tiempo para llorar cuando le dije lo que había pasado. Apenas lloró, yo sí, yo estuve en la cama una semana, a punto de morirme, a oscuras, acordándome del frío, del agua y de las ratas muertas que venían del aguacero, con las barrigas hinchadas y que se paraban en la puerta de la cárcel. Y yo dando porrazos y gritando. Hasta que me quisieron pegar y me zarandearon y me decían, anda, váyase a su casa, que no le vamos a decir nada, váyase, que va a coger una pulmonía, mujer. Que no sé yo que manía de no decirme nada porque lo sabían desde el principio. Y todo por la guerra esa, que yo no sé porque tuvo que meterse en esa guerra. Yo de eso no entiendo nada. Pero a él vinieron a llevárselo esa noche, la noche de Navidad, y es que me da mucha pena acordarme de él, de su nombre. Pero vinieron a por él y lo sacaron de la cama y apenas le dio tiempo a vestirse y no se calzó siquiera y se lo llevaron descalzo con las manos atadas delante, sin afeitar y la camisa sucia y todo según me dijeron porque había sido del sindicato del campo, por rojo, me decían los vecinos, de los que ganaron la guerra, esos que no me miraban o no me hablaban porque mi hijo era rojo, pero no había hecho mal a nadie, que yo sabía que muchos señoritos habían matado a alguien, allí, en el camino de la cantera, que me da no sé qué cuando voy por allí , que casi se oyen los gritos de los muertos en la piedra y los pájaros no dejan de volar por allí, que los pájaros siempre vuelan por donde hay un muerto. Y es que me da mucha pena acordarme de mi hijo, que no sé dónde estará. Y yo soy una desgraciada, porque eso es lo que dicen las mujeres que son las madres que entierran a sus hijos y yo ni eso he podido hacer. Y mi marido ya nunca fue el mismo, que tenía mucha ilusión en el Juanico que le ayudaba con la faena señor, y ya, que yo le conozca, no lo he visto reír, ni lo he sentido reírse y es que se ha hecho viejo muy pronto. Ya estamos viejos los dos y somos cada vez más pobres y no tenemos apenas nada.
Y el caso es que yo había ido otras veces y me dejaron pasar y lo vi, lo vi mal, pero me dejaron verlo, que estaba con cinco o seis más allí en la celda, y todos por lo mismo, que me cansé de rezarle a la Virgen y al Abuelo y de ponerle velas a san Pancracio, yo que nunca había sido muy mojigata. Pero que yo hacía todo por mi hijo, era capaz de andar lo que hiciese falta por ver a mi hijo y de lavarle la ropa, yo le llevaba comida, chorizos y hogazas de pan que no le valían de nada porque los guardas se lo comían todo, que pasaban más hambre que un perro y bien que me costaba el dinero, que casi tuvimos que pedir en la puerta de la iglesia que los señoritos nos quisieran dar algo, porque mi marido tenía ataques desde que se murió el Miguelico, el primero, hace muchos años, el pobre, que se hinchó como un pellejo de vino, tan chiquitillo, y a mi marido le daban ataques de pena que echaba babas por la boca y le salía una pus desastrosa que parece que tenía el demonio en el cuerpo. Pero yo me acuerdo de las noches que pasé allí, en la puerta de la cárcel, gritando que me quedé sin voz y sin resuello, sin ir a hacer mis necesidades, por ver si me dejaban pasar cada vez que se abrían el portalón y traían a más detenidos, los pobreticos, a unos por estar en la guerra, a otros por que su padre había sido rojo, a otros, porque les daba la gana. Y yo es que no podía ni llorar ni nada. No tenía ya nada dentro, sólo la pena y el grito más grande del mundo en el pecho. Y un buey de agua que casi me lleva y las ratas cayendo al lado de mis pies que las tenía que apartar con el asco que me daban, ya no, ya me da igual todo, que es que ya todo el mundo me ha abandonado y mi marido se ha muerto, y mis hijos... Pero lo que todavía me duele es que ellos lo supiesen y me viesen allí muriéndome de pena, de hambre, de frío y no sé dignasen a decirme nada de nada, que se me quedaron los dedos morados porque era la noche de Navidad y vaya nacimiento del niño Jesús que tuvimos más malo, vaya Navidad pasamos todos, que yo no veía nada, sola, sola en la puerta de la cárcel. Vaya frío más puro hacía allí, sin luces, por ese camino de tierra abandonada, lleno de perros y de guardas con pistola, que asco que me daban, que se creían que eran los dueños del mundo, los muy tontos. Y no me decían nada. Se estaban riendo desde la garita y yo les miraba con mi pañuelo negro hacia arriba y me apuntaban con sus luces y se iluminaba la garita desde la punta de sus cigarrillos y casi les veía los ojos de perro malnacido y las voces chillonas mientras brindaban con el vino que le habían robado a algún preso. Y estos eran los que nos habían salvado. Pues bonicos. Si todos eran como esos. Porque yo lo presentí desde un principio y por eso no me moví de allí en todo ese tiempo. Lo que pasa que la gente lo olvida, sabe usté, por eso se lo cuento, nadie fue un santo, eso es verdad, pero yo en mi vida le hice mal a nadie, ni se lo deseo, ¿me entiende? Ya nadie me visita, ya que nietos no tuve y las vecinas se han ido muriendo, las buenas, las que venían a verme después de que me quedase sola, me decían, Pepa, tome usté esto, que es que no tengo nada, solo esta tele en blanco y negro y las sillas de anea y la lámpara esta que ve usted ahí. Pero es que me figuro yo que tuvimos que ser muy malos en otra vida para que hayamos estado trabajando siempre y no nos haya quedado nada ni siquiera para morirnos.
Y a los dos días me dijeron eso, que yo creo que no hay perdón, vamos, verme allí como casi fenezco, ir a ver a mi hijo a la cárcel, estarme allí como una estatua y no decirme que mi hijo estaba ya muerto, yo creo que no tienen perdón de Dios, vamos, que ni siquiera he podido enterrarlo.


Joaquín Fabrellas

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