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Pliegos del Condestable

Pliegos del Condestable. (1603).
Poema que escribe Antón Ferrer dedicado a su casa en la campiña de Jaén, cerca de los pagos de Pozuela.

Tiene la fuente un caz,
anega fresca alberca.
Más allá un venero hiende la piedra
do mana limpia el agua.

Una higuera salvaje: olor y sombra,
come sus frutos rojos
la luz, recorre alegre y gana todo
espacio: vence al aire.

El pájaro que aquí anida llena
antes de ser de canto la alegría:
la sombra, la casa, el descanso, són
de una música celestial, de extraña
canción se acompaña. Río
que vuelve así a su origen:
a la tumba de agua, a su luz incierta.

Allí reposo mis tristes
ojos cansados que fueran
un punto más rápidos qu´el aire,
ahora son despojos que contemplan
en la vida sus ruinas,
miseria de su estado,
el reflejo de un siglo que escoja
sus cenizas entre tanta grandeza
devastadas de espanto.

Luengo el dolor, corta delicia:
la vida breve, durará su olvido.
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Pliegos del Condestable.
Sexteto que escribe Simón de Estepa, joven converso enamorado que dedica estos ardorosos versos para declararle su estado a su desdeñosa amada.
(1623)

Amor, el cyelo no sabía norma;
tu cuerpo transformando su donayre
en las leyes que hicieron te de viento,
pues falta, amor, a tu país, la forma,
porque no conoció su peso el aire
y no pueda explicar sutil tormento.


Pliegos del Condestable

Poema sin medida determinada que dirige un anónimo vendedor de perfumes que juega con la lírica y la sintaxis ante el paso de una dama hermosa que no lo mira a su paso.
1599.

No çede el cielo a tus sospiros,
no cele el ayre cuando çedas,
en tu dulce intento: si ceden
los aires sin lamento, brusca

uida que tersa el ayre por herida,
que combe el viento por lamento
de haber herido a su cielo herido
que ha vivido sin tiempo y siento

la dicha de lo dicho sin
memoria, sin materia ni
luz, la luz, sin luz se oluidó.
Pliegos del Condestable.
Soneto de Lope de Valdeón que dirige a su hermosa enamorada, al haberla olvidado por inexorable paso del tiempo.
(1649)

Amor, ayer, tu cuerpo fuera templo,
ira dormida, ingrávida natura,
gracia del aire alegre, en tu pura
y encarnada beldad no fría, templo
la cuerda del dolor, belleza en ruinas,
largo lamento, cárcel es la herida

de tu mirar funesto, dabas vida
a mecánica flor, dulces espinas
de rosas, sin su olor, alma marchita;
recoge tú, calor de lumbre, frío
lecho de unión, y el tiempo te permita
olvidar este ahora, destrozado

por tu belleza ayer haber escrito,
recordando hoy pasiones, sosegado.
Los Pliegos del Condestable son una serie de poemas que aparecieron en la Biblioteca del Palacio de Villadompardo donde se encuentran los Baños Árabes de Jaén. Reciben el nombre de Pliegos del Condestable porque el primero de los textos que se recoge en un pobre pliego de cordel dañado por la humedad, va dedicado al ilustre Condestable de Jaén Son poemas de distinta medida y extensión, cuyo descubridor y editor, Joaquín Fabrellas, trata de dar coherencia, puntuación y métrica adecuadas a estos poemas que fueron escritos por personas desconocidas de la historia de Jaén. No fueron poetas. Estos textos se irán dando a la luz lentamente siempre que el editor pueda ir sacando las piezas mas importantes y las más actuales.
Las fechas van de 1550-1650 componiendo un siglo de oro andaluz alejado de la visión mas tradicional del canon.

Joaquín Fabrellas
Editor en Lo bello y lo dificil

Pliegos del Condestable

Soneto que dirige la hermosa Carmen de Montilla a su anónimo enamorado, en cuitas de amor quejándose del despecho sufrido. Año 1616.

Pues es mi cuerpo ahora carne inerte,
solo sombra, la piel acariciada
de tu mano que prende por la nada
su rastro; la mirada busca verte

de nuevo, donde el lecho no confunde
la noche herida, fue lejano el vuelo
del ave que guardar solía, cielo
que aúna su recuerdo mientras se hunde

en la noche mi cuerpo con su herida,
rescata el dulce llanto, su alta dicha
no predice el destino, usurpa vida

cruel, lágrima cogiste a mi lamento,
vano fue mi dolor, el daño duro,
pues todo acaba en un sutil tormento.

A las ruinas del Palacio de Jabalquinto en Baeza

Y el viejo sentado a la puerta
en humilde silla de anea,
daba la entrada al palacio
sin palabras vacías, sin anuncios
a los visitantes ausentes,
tan solo su mirada hueca
de quien crecer ha visto en la piedra
el musgo dormido,
y a la ruina del tiempo pronunciar
el olvido, su nombre condenado
de la historia y la fama,
el silencio que alberga aquí su ruido
insondable de tinta,
nadie requiere la ruina o su forma
pobre cuando era solo piedra,
y el zaguán permite ahora el  ensueño
sobre trazos gastados, suave sombra,
duerme adentro la luz cerrada en claustro
de abrojos, nada y polvo:
la heráldica, escudos, escaleras,
oh su cielo, las risas, ¿qué se hicieron?,
¿dónde están las hermosas mujeres,
sus hombres, la clara belleza anónima,
recorriendo estos pasillos?
Ropas caídas en noches de alcoba,
todo ahora es su miseria y gusano,
hueso callado de la traición
del tiempo inefable,
pues su tiempo abre y guarda el espanto.
Donde ayer hubo brillo hoy solo queda
su ceniza creciendo para el cardo.
Ho…