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Postales desde sitios donde estuve. Tacuarembó.

Uruguay.

Atravesamos el silencio varias veces, la tierra se extiende como una maldición a su nombre, como un miembro mas del vacío; arriba la noche, abajo el motor encendido, el paisaje igual, nadie. Nada; el peligro, los asaltantes de la noche, el coche no debe parar, no se ven luces alrededor, la carretera se extiende hasta el cielo, ya no sé si azul o negro, o gris, porque todo se reduce al vacío, todo está colocado como en la primera noche del mundo, aquella en la que se creó todo menos este paraje que solo lleva a otro páramo. Todo está conectado al temblor del volante.

Queríamos estar lejos de todo, no huir de la noche, pero huíamos sin saber de qué, no quería mirar al retrovisor por ver si nos seguían, tan solo esperaba una música, pero solo había silencio. No cruzamos ríos, no veíamos animales, pero los había en la selva invisible fuera de las ventanas. Tendríamos que haber grabado esa noche, hubiese sido una gran escena, huyendo, un cigarro tras otro, algún trago furtivo que nos infundía más valor para cruzar aquel infierno seco y nocturno. Líquido.
Nunca llegamos a ningún lado, o no lo recuerdo. Nadie nos esperaba.

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