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I
Sidereus Nuncius. 1610.
Dibujos hechos por Galileo que plasman la luz sobre la luna y demuestran el movimiento de los astros, lo que significó el final de la era ptolemaica.



La noche. Su nombre. El rastro de luz recorriendo un cuerpo celeste
y ligero.
Lo indecible. Los cuerpos se aman, dicen lo que callan las palabras, bocas de sangre
para luna nueva. Noche nueva. Terminador.
A partir de entonces se acabó la noche medieval, torturadora y cruel.
La noche no existía, solo era un nombre, lo que decían los astros.
Nadie lo supo, nadie lo escuchó. Galileo no tenía voz.
Los Médici sí. Ellos sabían del poder de su voz callada,  gritando fuerte, definitiva.
Las fieras se relamían antes del coito, después el banquete, pero copulaban siempre a la luz, su inquisición no conoce enemigos.
Él pronuncia sus nombres exactos dibujando los astros, clara forma imperfecta, no sus círculos, el vacío exacto ha existido siempre, somos un error que explotó, su ruido, la onda imperceptible que desplaza a Europa, a Ío, a Ganimedes funesto, todo es salvaje vacío.
Todo es insondable nada. Todo tiene nombre de furia.
Galileo fue condenado por poeta, por pintor hereje: dibujar lo indecible, lo que no dicen las palabras, ¿acaso comprendiste lo inefable?
Acaso te creíste mayor que el miedo a Dios?
La Tierra se sumerge para siempre en lo oscuro, a partir de entonces, todo fue decadencia.



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