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Feria de las vanidades




Me ilusiona Cannes, ese pueblecillo de la costa azul francesa, una suerte de Marbella estilizada y cinematográfica. Pero sobre todo me da una especie de vergüencilla ajena el desfile cada año de esos personajes acostumbrados a los fastos de Hollywood, la industria deformadora de mentes en todo el mundo, todas sus estrellas haciéndose pasar por gente muy normal en trajes de tres mil dólares la pieza, pero todo desenfadado, sonriendo a ese flash con los labios ensayados frente al espejo del cirujano plástico hace unos días, bolsas de ojos, pómulos, un auténtico desfile de bótox y placentas, hígados de ballena y aletas de tiburón chino.

Los escorzos muestran el contenido de las mentes, la estilización de la figura y un cine que pretende ser alternativo pero que solo trata de limpiar a actores que están al borde de la desaparición o para purgar sus últimas propuestas taquilleras de Los Ángeles. Es la fiesta de las apariencias, cine convencional sin que se note, estrellas rutilantes sin que se note.

Las actrices miran a Woody Allen sin que se note que no lo están entendiendo y sonríen cuando los periodistas lo hacen, ya pueden escribir sus memorias, ya pueden decir que estuvieron allí, en una Europa que recuerda cada vez más a Hollywood y a su cine de miseria.

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