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WALDO, LEYVA (2010): EL RUMBO DE LOS DÍAS
MADRID, VISOR.
X PREMIO CASA DE AMÉRICA DE POESÍA AMERICANA

Wilfredo Lam. El tercer mundo. 1967.


Waldo Leyva es un poeta y ensayista cubano de larga trayectoria; se licenció en Periodismo en la Universidad de La Habana, y colabora en diferentes revistas como Trabajadores. Entre sus obras contamos con: De la ciudad y los héroes(1974); El polvo de los caminos (1984); El rasguño en la piedra(1995); Breve antología del tiempo (2006); Asonancia del tiempo (2009).
Y es El rumbo de los días, la última propuesta poética del autor, con el que ha ganado el prestigioso premio Casa de América.
La poesía de Leyva en este trabajo se funda en una extraordinaria heterogeneidad formal, se ofrecen canciones, diferentes sonetos, sonetos en alejandrinos, metro libre, varios haikús y en la última parte, textos poéticos en prosa.
Por otra parte, el tema que trata en esta obra es la preocupación por el paso del tiempo, la posibilidad del recuerdo, el almacenamiento y la capacidad de interpretarlo. La poesía como discurso inmanente que ayuda a desvelar el secreto del tiempo.
En un mundo cada vez más tecnológico, el discurso poético no tiene un fin práctico, la mayoría no se pregunta por el pasado, sobreviven en una especie de presente perpetuo marcado por los ritmos de consumo. Leyva nos dice que el individuo necesita dialogar consigo mismo, encontrarse en un espacio marcado por la reflexión del tiempo, todo aquello que nos ha construido, que nos ha ido dando forma, y da lugar al sujeto moderno consciente.
El discurso poético es entonces un negativo de la experiencia humana, persigue los rastros invisibles, lo velado; habla de la figura paterna, del viejo que ya no recuerda nada, pero que sustenta todo lo que es él en este momento y en lo que se convertirá más adelante.
Leyva confiere un sesgo narrativo a sus poemas, un eco que recuerda a la poesía española de los 50, una confesionalidad que le ayuda a hacer una crítica de la realidad. En ese mismo análisis de lo real, encontramos poemas que son una invitación para los sentidos, la poesía como experiencia sensorial, el conjunto de sensaciones, el olor, el color:
“Basta cerrar los ojos / para que vuelva el olor/ incinerándose/ mientras la leche pura/se derrama sobre antiguas cenizas”.
En esta primera parte del libro sigue predominando la figura paterna y la figura del hijo, es decir, presente y pasado de un hombre, con un discurso sentimental muy sostenido mediante un lenguaje bello, armónico, pro-poético.
En la segunda parte: “A veces vienen ruidos” puede verse la influencia de José Martí, por la idea clasicista del verso, por lo marmóreo del ritmo; Martí como símbolo de la poesía cubana. El poeta está en continua agonía por el recuerdo que es lo único que queda de lo vivido, de lo que somos. La voz del poeta dialoga consigo mismo en el vacío. Lo que resta son sólo ruidos, golpes de lo que sucedió, ni siquiera el recuerdo. El hombre está en clara desventaja en la sociedad actual: nos acostumbran a pensar por nosotros, y, lo que es peor, nos acostumbran a recordar por nosotros, de ahí la oralidad de la poesía de Leyva, la capacidad musical de su poesía. Para ser cantada o para ser dicha, para ser, ¿por qué no?, recordada.
En “Sinuhé” también expone la necesidad del hombre por recordar las cosas mediante lo escrito, y de ahí, a escribir los mitos para que no se olviden, de nuevo, como dice don Antonio, la poesía es palabra en el tiempo. Nos ayuda recordar, a volver a pasar por el corazón. Sobre todo, las historias que nos ayudan a pensar en lo que está más allá, tras la muerte:
“Como nunca tuve/ memoria de la lluvia,/ inventé un Dios que llora;/ así pude explicarme / la crecida del río.”
El mito y la poesía. La inmanencia del discurso poético. El recuerdo, el paso del tiempo.
“Sin origen tocable” es otro de los poemas que plasma lo mágico de la poesía, mediante la palabra se crea una realidad alterna, resto de lo que fue en su día, apenas una esencia que nos ayuda a restablecer mediante la literatura o lo poético, como Proust y su magdalena, la mentira inventada de la poesía.
“¿Por qué viene ese verso si no existe el que canta?”

Todo esto con un estilo llano, sencillo, que todo el mundo entienda lo que se canta; una emoción contenida, culta. Una clara estirpe simbólica en su poesía, con la Naturaleza como claro referente. Están los elementos y se funde todo con la Amada, en el Eterno Femenino. El recuerdo de lo amado, la memoria del amor.
Y, la última parte del libro: “Los muertos beben solos” que nos recuerda al becqueriano: “Dios mío, qué solos se quedan los muertos”. Se habla de la costumbre santera de dar de beber a los que se han ido, de ofrecer comida, puros, ron, en el pequeño altar familiar; en definitiva, se trata de no olvidar, la muerte es el olvido, desaparecemos cuando nadie nos recuerda. La obsesión de Leyva cierra el libro. La palabra contra el olvido, la palabra como elemento fundamental de cualquier poesía. Desde siempre. Para siempre.

Joaquín Fabrellas

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