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Arthur Rimbaud: a contracorriente



Arthur Rimbaud: a contracorriente.
Joaquín Fabrellas Jiménez


Henri Fantin-Latour. Un coin de table. 1872.


            Si analizamos la obra del poeta francés Arthur Rimbaud, vemos que cumple en su persona y su poesía con los parámetros de la poesía moderna, o, por decirlo de otro modo: con él empieza la verdadera poesía moderna.
            Casi todas las funciones de la poesía moderna están presentes en su obra. Así como los componentes de sugerencia, de musicalidad o de ritmo. La trascendencia, la otra realidad que mediante sus palabras nos desvela.
La función demiúrgica del poeta, la enteogénesis (Dios en uno mismo) son aspectos que vamos a ver en su obra, de la mano de su poema Sol y carne. Al igual que la famosa polémica entre el cristianismo y lo pagano.
No hay otro poeta que encarne como Rimbaud el espíritu de la modernidad. La modernidad entendida desde la perspectiva del hombre moderno, cuya creación surge a partir del Renacimiento, en que el concepto de Tiempo entra en conflicto con la concepción de Tiempo en la Edad Media, un tiempo estático e inmutable. El hombre se va convirtiendo en un ser más complejo, y por ende, más crítico, que va a desembocar en la Ilustración, que por desgracia seguía teniendo un peso demasiado antiguo, o clásico; el hombre moderno llega ya en el siglo XIX y pone en tela de juicio todos los valores pasados, en especial, los valores religiosos asentados durante casi dos mil años en Occidente, me refiero a la tradición judeo-cristiana y su concepto moral.
Una de las creaciones de  Rimbaud, así como otros poetas de la modernidad francesa, es precisamente el espíritu crítico para con la religión y su traducción en poesía. El hombre, desde tiempos inmemoriales necesita de un Ser superior y crea a Dios, esa creación se institucionaliza y esa institucionalización aferrada al poder económico, crea dogmas y pautas de comportamiento estrictas que sirven a la sociedad occidental para etiquetar, desde la represión, a la conciencia ciudadana en ortodoxos y heterodoxos. Rimbaud se encuentra entre los segundos. Es muy fecunda la oposición entre paganismo y fe en su obra.
Como dice Javier del Prado en su libro Teoría y práctica de la función poética, el hombre moderno crea un nuevo concepto, el de verdadera vida ausente, es decir, si la religión cristiana nos propone una vida mejor y eterna tras la muerte, ¿qué es esto que estamos viviendo? Es una cuestión de difícil solución o sin solución ni continuidad. Ese concepto tiene diversas interpretaciones desde el punto de vista artístico: o entender el arte como una aceptación de ese orden impuesto y ancestral, o, rebelarse ante ese vacío vital y sin sentido, instalarse en el nihilismo y el suicidio (real o literario).
La vida del escritor moderno se instala en los márgenes sociales, está por encima de modas; ha perdido el poder que antes le pertenecía por asignación natural junto a los poderosos, o bien, siendo uno de ellos. Ahora no se sienta a la misma mesa, ahora frecuenta a otros autores también rechazados por el aparato político de nuevo orden: una sociedad práctica y mercantilista que no entiende la inutilidad de la poesía y su labor sagrada.
Eso fue algo que Rimbaud, junto a otros escritores modernos, entendieron bien: la función de la poesía es inútil a la burguesía bienpensante que gobierna sin trono la nueva sociedad; así como el fin último de la poesía: desvelar el misterio, el mito, lo inefable. Escribir las personas del verbo, los misterios insondables de la vida; dictado que está emparentado con nuestra poesía más reciente, con la obra de Jaime Gil de Biedma, pero que ya desde el Renacimiento podemos encontrar en nuestra poesía: san Juan de la Cruz así lo hizo en su Cántico, narrar su experiencia inefable, que aún hoy sigue maravillando a propios y ajenos en estas cuestiones poéticas. La difícil tarea de san Juan es la difícil tarea que a cualquier poeta comprometido le gustaría llevar a cabo. Hacer entendible una realidad que solo unos pocos pueden vislumbrar.
Para ello es necesario desmontar todo el sistema de valores impuesto `por una sociedad a lo largo de veinte siglos en Occidente. De ahí el malditismo de Rimbaud y otros autores coetáneos. Para llevar a cabo esto es preciso romper con el discurso racional previo y crear otro discurso anclado en lo irracional o simbólico. Si la racionalidad nos ha llevado aun progreso dudoso de armas y desigualdades sociales y económicas, practiquemos otros valores, otro discurso que nos ayude a traducir el mito.
Como afirma Camus: “Rimbaud, o su contemporáneo Lautréamont, lanzados al asalto del cielo,[…], queriendo derribar todo, afirmaron al mismo tiempo su nostalgia desesperada de un orden[…], quisieron obtener la razón de la sinrazón, y hacer de lo irracional un método […] Divinizaron la blasfemia y transformaron la poesía en experiencia y en medio de acción.”
Método que impregna a todo artista moderno que se plantea el peso de la tradición, que lo cuestiona desde el punto de vista artístico y que hacen comprender mejor la poesía moderna.
Según Foucault, en El orden discurso, hay varias formas de exclusión en la factura del discurso entendido desde la perspectiva de la sociedad moderna actual. Nuestra sociedad está basada en la verdad, parámetro de difícil comprobación, ya que la verdad es múltiple y variada; si comprobamos la existencia de la verdad desde la epistemología, o la aplicamos a los medios de comunicación , vemos cómo se puede tergiversar la verdad; la realidad es poliédrica. La influencia del discurso en el poder, o el poder del discurso en la sociedad. Por tanto, lo que no se ajusta a la verdad, no entra en la realidad aceptable, y estos discursos aparte son: las enfermedades mentales y su reclusión preventiva; el discurso modificado por la ingesta de sustancias que alteren el conocimiento y el juicio; el lenguaje del niño; y por último el discurso poético, no por ser falso, sino por enunciar una realidad paralela que no se ajusta al discurso preconcebido por la mayoría bienpensante. Cada uno de estos discursos vetados en la sociedad, pueden, en contadas ocasiones, enunciar la verdad, o al menos, en momentos de crisis, ser escuchados, de ahí el dicho que sólo los borrachos y los niños dicen la verdad. No hay que olvidar tampoco que san Juan, autor del Apocalipsis, fue uno de los evangelistas con mayor formación literaria, y uno de los primeros poetas que intentan desvelar el misterio en la Biblia.
El discurso del poeta no debe plegarse al institucional. Debe separarse de él. Escoger su propio camino, encontrar nuevas vías. Esahí donde reinstala la poesía moderna y en particular la poesía de Rimbaud. Se produce la muerte de Dios, cuando el artista moderno representa el papel de Dios en su obra y desvela ese mensaje escondido, que reside más allá de la realidad sensible.
Rimbaud se enfrenta al cristianismo, a la parafernalia y el discurso verdadero del cristianismo creando una blasfemia, que es su propia poesía. Entiende la poesía como religión; títulos de la obra de Rimbaud como Los pobres en la iglesia o Prosas evangélicas. El tema del Bien y del Mal, que desde el cristianismo se había resuelto con una claridad maniquea. Rimbaud ivestiga ese otro que nos habita y que no acude a presupuestos manidos y poco válidos para darle un sentido a la vida. Rimbaud reverencia las capacidades del hombre moderno. Debemos llegar a lo desconocido, a lo Absoluto.

  I

El sol, hogar de vida radiante de ternura,
vierte su ardiente amor sobre el mundo extasiado;
y cuando nos tumbamos en el valle, sentimos
que la tierra es doncella rebosante de sangre;
que su inmenso regazo, henchido por un alma,
es de amor, como Dios, de carne, como una hembra
y que encierra, preñada de savias y de luces,
el hervidero inmenso de todos los embriones.

Todo crece, pujante.
                                   ¡Oh Venus, oh diosa!
Añoro aquellos días, cuando el mundo era joven,
con sátiros lascivos, con silváticos faunos,
con dioses que mordían, en amor, la enramada,
besando entre ninfeas a la Ninfa dorada.
Añoro aquellos días, cuando la savia cósmica,
el agua de los ríos y la sangre rosada
de los árboles verdes, en las venas de Pan
encerraba tremante un mundo, y que la tierra,
bajo su pie de cabra, lozana palpitaba;
cuando, al besar, suave, su labio la siringa,
tocaba bajo el cielo el gran himno de amor;
cuando en medio del campo, oía, en tomo a él,
la respuesta, a su voz, de la Naturaleza;
cuando el árbol callado que acuna el son del ave,
y la tierra que acuna al hombre, y el Océano
azul, inmensamente, y todo lo creado,
animales y plantas, amaba, amaba en Dios.

Añoro aquellos días de Cibeles, la grande,
que recorría, cuentan, enormemente bella,
en su carro de bronce, ciudades deslumbrantes:
sus senos derramaban, gemelos, por doquier
el arroyo purísimo de la vida infinita;
y el hombre succionaba, dichoso, la ubre santa,
como un niño pequeño que juega en su regazo.
-Y el Hombre, por ser fuerte, era casto y afable.

Por desgracia, ahora dice: ya sé todas las cosas;
y va, avanzando a ciegas, sin oír, sin mirar.
-¡Así pues, ya no hay dioses! ¡Ya sólo el Hombre es Rey,
sólo él Dios! ¡Pero Amor es la única Fe ...!
¡Si el hombre aún bebiera de tus ubres, Cibeles,
gran madre de los dioses y de todos los hombres,
si no hubiera olvidado la inmortal Astarté,
que antaño, al emerger en el fulgor inmenso
del mar, cáliz de carne que la ola perfuma,
mostró su ombligo rosa, donde la espuma nieva,
e hizo cantar, Diosa de ojos negros triunfales,
el roncal en el bosque y en el pecho el amor!


Sol y carne es uno de los primeros poemas en el que se cuestionan los discursos tradicionales , en donde, desde un principio intenta invocar a las fuerzas telúricas a las que el Hombre está unido, al Sol, que es la luz creadora, lo puro, elemento primero de nuestra civilización natural. Todo crece con su toque dulce y primitivo, Rimbaud añora los tiempos lejanos, tal vez inexistentes o simbólicos, de una alegre bonhomía e ingenuidad. Referencias a dioses primitivos cuando no existía esa dicotomía paranoide entre el Bien y el Mal. Mención a Cibeles, la diosa de la fertilidad, trata de volver a lo más natural, a la celebración del rito, por el que el hombre labra la tierra y recibe frutos a cambio que luego convertirá en alimentos, cuando todavía no existía el concepto monetario.
Alude en esta primera parte a la auténtica fortaleza del Hombre, debido a la ausencia de pecado, el hombre era casto y dulce, no conocía la maldad.
En la segunda parte del poema, el hombre se ha convertido en lo que es actualmente, conoce el Bien y el Mal, está contagiado de pecado, la falacia religiosa alberga en su corazón, ya no es casto. Hay un Dios que encadena a su cruz, y el cielo, antes inmenso e infinito, es un límite, se propone como el fin de nuestras vidas, según la mayoría y sus dogmas de actuación. Este nuevo hombre debilitado quiere vivir eternamente, rechazando incluso la belleza primera, prístina, perdida ya para siempre. La creación de la mujer, tras la irrupción de la concepción cristiana, es apenas un apéndice del hombre, la mujer como un monigote en la nueva sociedad.
En la tercera parte recuerda los tiempos en que todo se daba dobles interpretaciones. El hombre será libre cuando se libere de todos los dioses, es decir, llegará a ser Dios, acción demiúrgica de poeta maldito. En esa liberación de la divinidad, todo se comprenderá, el Amor estará libre de ataduras; volverá lo bello, lo inefable desvelado. El hombre conocerá las respuestas, el espacio, el eterno retorno de lo idéntico.
“Nuestra pálida razón nos oculta el infinito”
La razón sometida nos limita, no sirve de nada.

En la cuarta parte, el hombre volverá a su esplendor sin complejos, el hombre dueño de sus designios, a sus pies héroes y dioses, Rimbaud presenta aquí la actitud de los poetas satánicos ingleses: Lord Byron, P.B. Shelley y  Mary Wollstonecraft, su mujer, la creadora del monstruo Frankenstein, al que solo un una niña ciega, es capaz de comprender su bondad de Prometeo moderno.
En la última parte de la cuarta sección del poema se abre una magnífica visión que habla de los dioses antiguos cuando se vuelva a recuperar el equilibrio primigenio; el mundo natural impera y el Hombre es el centro de ese Universo bien construido, olvidada ya la falacia a la que Rimbaud se enfrentó siempre en su obra con una valentía casi suicida de auténtico demiurgo.
“¡ Los dioses escuchan al hombre y al mundo infinito!”

Rimbaud encarna los valores de la nueva poesía moderna en un siglo que iba a ser convulso  tanto en lo económico como en lo político, así como en lo cultural. La poesía cambia por completo de punto de vista, introduciendo de forma objetiva, toda la carga subjetiva y sentimental, dominando las pasiones y traduciéndolo al poema, esa fue la auténtica lección de la poesía francesa, junto con la carga simbólica que se fue desarrollando en la obra de los poetas franceses de final del S.XIX.





 

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