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Una semana en la nieve. Emmanuel Carrère.




Después de Houellebecq, del afamado Modiano tras el Nobel de 2014, del último Le Clézio, al que le concedieron también el galardón sueco en 2008 tras una larga trayectoria y de un experimentalismo poco o mal conocido en los sesenta, sería Carrère el escritor más conocido fuera de Francia actualmente. Autor de novelas tan señeras como Una novela rusa, o la biografía novelada de Limónov, entre otras.

Si bien, esta novela, Una semana en la nieve, presenta una narración sencilla que cuenta la historia de un niño, nada es lo que parece, todo se va modificando, transformando mediante una prosa transparente, y lo que parecía un juego se convierte en un aparato de miles de implicaciones y contrapartidas.

Parece el ejemplo perfecto de novelar: la obra se arma en torno a un hecho sin importancia y habla sobre la responsabilidad actual de los padres sobre los niños, el debate nunca bien cerrado de la participación en la vida de un niño, en la posible construcción y dirección del destino del mismo, ante el que nadie puede inmiscuirse, si tenemos en cuenta la capacidad de elección que tenemos desde la infancia; la importancia de los hechos que suceden a lo largo de toda una vida y la responsabilidad que tenemos en esos hechos cuando las capacidades de decisión están mermadas por nuestra inexperiencia o por nuestras ansias de rebeldía que queremos satisfacer cuando somos pequeños.

La inmersión y la necesidad de pertenecer al grupo, a la sociedad, hecho que se prefigura en la infancia mediante el juego, o en este caso, la pertenencia al grupo de niños que van a pasar una semana en la nieve, y un hecho como es el olvido por parte del padre de toda la ropa de Nicolas lo separa del mismo y le da un tratamiento especial como apartado, al que los otros niños miran con recelo mientras el pequeño protagonista aprovecha y convierte ese aislamiento en una forma de llamar la atención y esa soledad le da también alas para ensoñaciones que explican la realidad circundante mediante el terror o el pánico, como el hecho de la desaparición y muerte de otro niño, que Nicolas explica desde su infancia mediante un hecho que le contó su padre: las mafias que roban niños para extirparles diferentes órganos y venderlos en otros países.

La prosa sencilla de Carrère nos introduce en un mundo que despliega una doble lectura de la vida real, la apariencia y la realidad de las cosas, en una especie de Sueño de la razón que produce monstruos, todo lo irracional que sustenta lo real, aspectos a los que no atendemos normalmente, pero a los que sí prestamos atención cuando no hay más explicaciones, especialmente, en épocas de cambio en la vida humana, infancia, adolescencia, donde tan necesaria es la dirección por parte de otras personas experimentadas y que ayudan a elegir bien. La fragilidad de las decisiones a lo largo de toda una vida que nos van colocando en lugar que ocupamos, o la vida como un resultado de todas las decisiones que hemos tomado de forma errónea o no, pero que nos construye sentimental y culturalmente con todas sus consecuencias.

Hay una novela de Isaac Rosa El país del miedo escrita en 2008 en donde se ponen de manifiesto todos estos problemas: la responsabilidad con respecto a los jóvenes, las decisiones que tomamos, y sobre todo, cómo las decisiones de otros, y muchas veces, de nuestra familia, influye de manera decisiva y vital en nuestras propias vidas.

En definitiva, la novela habla de la frágil condición humana, de todo lo que nosotros consideramos atado, de cómo el pasado no permanece encerrado, sino que interactúa y está visible en el presente porque va dejando una huella sensible en la educación sentimental y que debe aprender a convivir con nuestras decisiones actuales cuyas interacciones se mezclarán con las vidas de nuestros prójimos y familiares, en una nueva lectura de los destinos fijos o los que se están escribiendo continuamente.


Joaquín Fabrellas Jiménez

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