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Artículo de costumbres.

Sociedad zombi

A la manera en que mi querido Larra lo haría, obviando el tiempo y la distancia, la crítica de costumbres desde una mirada fría; tener el valor de señalar para sancionar algo en lo que tú mismo estás inmerso. Esta sociedad actual que tanto se mira al espejo y que tan bien pagada está de sí misma, una sociedad que prefiere el halago a la propia contemplación del espectáculo, tú mismo ante ti mismo, sin paliativos, sin contemplaciones, eres lo que has creado de ti, lo demás depende de tu exigencia y de las mentiras que te creas.

Inmersos en la sociedad del gozo, de lo inmediato, del ahora; no es que no exista el pasado, es que ya no existe ni el lenguaje que me permitía acceder a él, almacenándolo todo de forma caótica donde el lenguaje tenía un principio organizador. Ahora solo existe el instante si aceptamos el discurso del tedio, todo lo que reside en los lados, todo lo que no soy yo mismo, el terror reside en que los demás no son yo mismo ni parecidos a mí. Han caído en la dictadura pagana de lo que no se clasifica.

En suma, una sociedad programada, dirigida, pero que se piensa libre porque no ve los muros que la contienen, que la dirigen, los rebaños no necesitan cadenas, solo la cotidiana apariencia de que su límite es el cielo. Las ovejas piensan que el pastor es su amigo y el perro uno más del rebaño.

El lenguaje se aleja de su cometido primero, pierde su identidad, se hace tecnológico, se suprime en nombre del desarrollo lo más puro, la comunicación del sentimiento y se sustituye por una sentimentalismo espectacular que expresa unas emociones adocenadas y vulgares. El lenguaje se hace propaganda, mensaje al que no se puede replicar, solo existen las pantallas y los dazibaos que nos dicen qué tenemos que hacer, la comida que debemos comprar, la ropa, el gimnasio, a quién debes votar, cómo debe sentir un individuo, lo que se debe leer, incluso cómo debe entender lo que percibe.

El problema viene cuando el poder toma ese discurso propagandístico y su discurso es mera publicidad, en una terrible connivencia entre poder y medios de comunicación, hunde sus raíces desde hace décadas y pensamos que nuestro voto es libre, que sirve para algo, pero todo está pautado, no hace falta que nos apunten con una pistola para ir a votar, el sistema se ve favorecido tanto si lo haces como si no.

Pero todo funciona, al pueblo se le da un sucedáneo de felicidad, el acceso a una tecnología deshumanizadora con el que se pretende que participe no como ciudadano, sino como máquina sin rostro, en un sistema de castas que dependen de la economía, con un infinito acceso a todo lo que se desea, o más bien, a su espejismo, porque nada se posee, sino el impulso de pensar que se puede tener todo en un dispositivo con el que se puede acceder a todo de forma inmediata, y esas son las cadenas; las cadenas que nos atan invisibles a un mundo que no ha logrado utilizar la tecnología en su favor, sino en su contra.

Mientras escribo esto, echen un vistazo al exterior, verán rebaños atendiendo a una pantalla  durante horas, eliminando la palabra, la conversación, el paseo, la vista, el olfato y el oído, en una invasión de los sentimientos que nos despojan de lo humano y nos animalizan sin cesar.


J. Fabrellas

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