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Pliegos del Condestable.
Sexteto que escribe Simón de Estepa, joven converso enamorado que dedica estos ardorosos versos para declararle su estado a su desdeñosa amada.
(1623)

Amor, el cyelo no sabía norma;
tu cuerpo transformando su donayre
en las leyes que hicieron te de viento,
pues falta, amor, a tu país, la forma,
porque no conoció su peso el aire
y no pueda explicar sutil tormento.


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Sextina que dirige el clérigo Antonio de Aldana, a una desconocida ideal de mujer, acaso eterno femenino, quizá Virgen, quizá hembra que no conoce, pero intuye.

Hermosa herida


1.-

El tiempo se demora  raudo en sombra  
y cumple su palabra de miseria, si hay verdad en labios que te nombran, el tiempo es falso amigo en la memoria, feliz de tu materia arrepentida: luz: recorre el camino de la herida.

2.-

Deja el aire, tu viento de la herida.
Sí: eras feliz, piel, la luz, la sombra entrando en dulce rapto, la memoria expande el nombre de la arrepentida noche, volando el día que te nombran, rauda escapa ahorrando tu miseria.



3.-

De los labios, la piel es la miseria; si a ti te duelen en la dulce herida, estás parada en el secreto, sombra de los días azules, la memoria de lo vivo tan bello, arrepentida enamorada, sola si te nombran.


4.-

Y convertida en voz si a ti te nombran.
¿Eras feliz materia arrepentida? Verdad en labios que demoran sombra, el camino recorre: luz herida. Feliz el tiempo cumple la miseria, herid…

Pliegos del Condestable

Soneto que dirige la hermosa Carmen de Montilla a su anónimo enamorado, en cuitas de amor quejándose del despecho sufrido. Año 1616.

Pues es mi cuerpo ahora carne inerte,
solo sombra, la piel acariciada
de tu mano que prende por la nada
su rastro; la mirada busca verte

de nuevo, donde el lecho no confunde
la noche herida, fue lejano el vuelo
del ave que guardar solía, cielo
que aúna su recuerdo mientras se hunde

en la noche mi cuerpo con su herida,
rescata el dulce llanto, su alta dicha
no predice el destino, usurpa vida

cruel, lágrima cogiste a mi lamento,
vano fue mi dolor, el daño duro,
pues todo acaba en un sutil tormento.

A las ruinas del Palacio de Jabalquinto en Baeza

Y el viejo sentado a la puerta
en humilde silla de anea,
daba la entrada al palacio
sin palabras vacías, sin anuncios
a los visitantes ausentes,
tan solo su mirada hueca
de quien crecer ha visto en la piedra
el musgo dormido,
y a la ruina del tiempo pronunciar
el olvido, su nombre condenado
de la historia y la fama,
el silencio que alberga aquí su ruido
insondable de tinta,
nadie requiere la ruina o su forma
pobre cuando era solo piedra,
y el zaguán permite ahora el  ensueño
sobre trazos gastados, suave sombra,
duerme adentro la luz cerrada en claustro
de abrojos, nada y polvo:
la heráldica, escudos, escaleras,
oh su cielo, las risas, ¿qué se hicieron?,
¿dónde están las hermosas mujeres,
sus hombres, la clara belleza anónima,
recorriendo estos pasillos?
Ropas caídas en noches de alcoba,
todo ahora es su miseria y gusano,
hueso callado de la traición
del tiempo inefable,
pues su tiempo abre y guarda el espanto.
Donde ayer hubo brillo hoy solo queda
su ceniza creciendo para el cardo.
Ho…