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Ases de la manga

¿Cuándo debe callarse un político? ¿Cuándo debe callarse un cantante famoso?¿ Cómo debe comportarse un actor de cine conocido en el mundo entero? La elegancia en el hablar ha quedado también desfasada, aprender a hablar es esencialmente saber callarse, eso es la elegancia, saber comportarse en público porque se ha escuchado al que te habla y se opina o se actúa en silencio, sin más. Pero ha llegado el momento en los que escuchar al otro es una pérdida de tiempo, hablamos mal, hablamos siempre sin callarnos, sin importar lo que diga alguien más, en estos tiempos de la imagen solo nos importa nuestro reflejo en el espejo y el interlocutor o es un aumentador de nuestra imagen o no nos interesa, no nos interesa su discurso principalmente porque no se parece al nuestro, y hablar con los amigos ayuda a conformar nuestro ideario porque el lenguaje surge vivo y se contornea por las palabras posicionándonos en nuestras convicciones o moviéndolas hacia otro lado.
Lenguaje es pensamiento. Hablar ayuda a pensar.
Sin embargo afloran estos personajes mediáticos que han perdido la referencia con la realidad totalmente, que se creen por encima del bien y del mal porque han disfrutado de una fama inusitada y se creen en la obligación de dar lecciones de moral al mundo, su suerte les obnubila su campo de visión, piensan que lo tienen todo muy claro, pero no ven el humo que sale por arriba de su chamusquina mental, de su sfumato lingüístico, su torpeza es  vista por los más avisados y produce vergüenza ajena,  pero aceptada mayoritariamente por los gurús de los grandes canales de televisión o revistas de moda que se frotan las manos.
El caso de Sean Penn es un claro ejemplo de no saber qué hacer para llamar la atención: entrevistarse con un capo mafioso buscado en el mundo entero sin decir nada a las autoridades lo convierten en un personaje mediocre de telenovela barata, ganar una notoriedad en un campo que no es el suyo y además publicarlo en una revista como Rolling Stone.
El caso del chef David Muñoz, nuevo Ferrán Adriá de la cocina, con el que comparte una forma incomprensible de comunicarse que concede más importancia a su aspecto externo que a la función de la cocina: alimentar a unos comensales. Quizá confunden estos nuevos cocineros lo que dijo Machado: todo necio confunde valor y precio.
Las afirmaciones de ciertos políticos y expresidentes del gobierno brillan por su pestilencia y tono anquilosado a unas dependencias económicas y políticas que siguen defendiendo a capa y espada como en una película mala de espionaje cutre y patrio.
¿Cuándo deben callarse? ¿Cuándo deben decirse las estupideces?
El silencio siempre es un buen refugio.

Joaquín Fabrellas

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