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El amanecer tras esta larga noche. Leporella, de Stefan Zweig.

A este relato corto le sucede lo mismo que a otras narraciones del austríaco Stefan Zweig: es un placer para el lector. La prosa de Zweig es tan poderosa que acaba envolviendo, sus descripciones tienen una influencia visual tan grande que hacen que visualices sus páginas.
Nos podemos imaginar el olor agrio de la avejentada protagonista de este relato, Crescenz, o Leporella; casi podemos ver su pelo algo grasiento y brillante, acostumbrada a no tener vida social, sino esa entrega total al trabajo que define a la protagonista, aferrándose a lo único que sabe hacer bien: trabajar; hasta que descubre que, tras un ligero contacto con el señor, puede hacer algo mejor: servir a su señor para que consiga sus fines amorosos, se convierte así en la sirvienta -celestina, figura antiquísima en la tradición literaria europea, ya desde Trotacoventos, o la formidable Celestina de Fernando de Rojas. Sin embargo, su dedicación al trabajo, su exceso de celo la convierten en una asesina, porque la obsesión planea en muchos relatos de Zweig, así la obsesión de la maravillosa Carta a una desconocida por su amado vecino, escritor y padre anónimo y olvidado del hijo de la protagonista de la Carta.

Y es que los personajes de Zweig son obstinados hasta la extenuación, apuestan fuerte y acaban perdiendo mucho, quizá un trasunto del propio Zweig, ya que su estilo se podría definir como concienzudo, obsesivo, no deja ningún detalle a la improvisación, por eso son tan cortos sus relatos, escribir de una forma más extensa debería ser extenuante. Véase Monterrosso y su obra que menguaba o que crecía hacia adentro, como él mismo afirmaba, deseaba tener una Obra Completa lo más sucinta posible, claro que, esto era una ironía del guatemalteco.
Pienso en la vitalidad de Zweig, en su claro estilo realista, en su alegre prosa descriptiva, clara, sugerente, y pienso también que, a pesar de esa apariencia inerme, de enmascarada alegría, se esconde un profundo pesimismo, casi patológico, sus personajes, atrapados en sus pasiones, limitan con la locura, no pueden afrontar su difícil situación, algunos lo hacen por escrito, otros, mediante el silencio y la abnegación, todos cercanos al suicidio. Pienso en Zweig y veo su cuerpo sin vida en Petrópolis, al lado del de su mujer, en una habitación en blanco y negro, no me la puedo imaginar de otra forma, la imagen macabra, Zweig convirtiéndose en uno de sus personajes, uno que no había descubierto: el que se escribía por dentro, el personaje que pasó desapercibido. Uno que nace en la fría Viena y se suicida en un Brasil tropical, en Petrópolis ante la amenaza del nazismo en Europa. Dejando atrás la barbarie persecutoria contra los judíos, refugiándose en un hermoso país lleno de luz, de calor; el cambio de perspectiva sería enorme. Pero el Zweig protagonista desconocedor de su propia historia se dirigía a su final sin saber las palabras y los episodios que iba a incluir en la narración; sin saber que, apenas tres años después, el fatídico mentor de tanta barbarie acabaría de forma similar en su búnker junto su mujer, Hitler y Eva Braun, pegándose un tiro ante el terror, quizá sintiedo el mismo terror que Zweig había sentido tres años antes.

En la nota final dejó escrito que su trabajo era su máxima recompensa, que fue feliz en Brasil, ese país que lo acogió tan amablemente, y que deseaba a sus amigos que viviesen para poder vivir el despertar de esa noche tan larga, pero se equivocaba, el nazismo no se hizo con el poder en Europa, se enmascaró en infinidad de formas e idiomas. Zweig dejó escrito esa nota como un personaje más de sus novelas, la nota final que prevé su muerte, ya pensada desde lejos, el suicidio como única salida, en Brasil, que sería además la patria para nazis huidos de Europa, para nazis huidos bajo el peso de la historia y el amparo del desconocimiento que vivieron hasta el final de sus días, muriendo incluso una muerte apacible, algunos en la telaraña mal tejida de la historia o de la enfermedad, algunos inventándose otros pasados. En una América que repitió la Historia, esa Historia que nunca acaba de aprenderse con Stroesner, Videla, o Pinochet. Zweig no se equivocó, el nazismo no se amedrentó, siguió extendiéndose desde los límites interiores del cotinente americano.
Esa noche fatídica de la muerte de Zweig coincidieron personaje y escritor y ya no sé quién de los dos acabó con el otro, lo cierto es que ninguno de los dos se equivocó.

Joaquín Fabrellas

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