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CONFESIONES APÓCRIFAS DE AUGUSTO PÉREZ

  Joaquín Fabrellas.













1.- Es del todo falso que yo esté muerto. Es inauténtico que don Miguel de Unamuno, a partir de ahora M. de U., acabase conmigo mediante el suicidio novelado en esa especie de panfleto que dio en llamar Niebla, y a la que llamó, nivola.

2.- Manifiesto mi total desacuerdo con el contenido de tal escrito, ya que se me presenta como un pusilánime y absurdo personaje. Pues yo nunca he sido personaje, sino persona, y jamás frecuenté la compañía de M. de U., excepto durante un corto periodo de tiempo a lo largo de su vida, siendo completamente inexacto aquel encuentro patético en el que le pedía que no acabase conmigo. ¿Acaso he de repetir que no estoy muerto? Este texto así lo demuestra, siendo hoy las 9 de la mañana del ultimo día de diciembre del año 1936. Comenzada ya la guerra fratricida que se prefiguraba desde todos estos años atrás.

3.- Sí estuve de acuerdo, y de eso sí que hablé con M. de U. en algunos encuentros casuales que tuvimos, eso sí, solo en sus exilios, pues yo le acompañé solo en sus exilios y hablaba con él horas y horas: recuerdo también aquellos larguísimos silencios que duraban casi eternidades y la forma atronadora en la que rompía sus silencios como hablando en otro idioma, como traduciéndose a sí mismo. Estuvimos de acuerdo, como digo, en que todos somos persona(jes) de ficción creados por un dudoso creador que nos crea y nos descrea, casi al modo de un error ortográfico en un texto.

4.- Manifiesto mi tristeza y congoja por todos los hechos sucedidos desde la publicación de ese maldito libro. Ya no dejaron de ponerse en contacto conmigo: periodistas, estudiantes, otros escritores que no dejaron en paz mi memoria ni mi paciencia. Mis relaciones sentimentales se vieron frustradas por la feroz fama del indeseado hombre rebelde de su destino que le había llevado la contraria a esa especie de filósofo novelista, o de novelista pensante. Incluso consideré en ponerme el nombre del que me había creado por segunda vez, destrozándome ¡Qué culpa tendría yo de todo esto!

5.- Casos como el mío no son nuevos, pero siempre, la coincidencia es obstinada, ha sido difícil de demostrar. Empero, daré algunos ejemplos: Alonso Quijano, apodado el Bueno; un caso clarísimo de excrecencia literaria. Sí se sabe que existió una tal Aldonza Lorenzo, y que la tal labriega, estando sus facultades demediadas del sol duro y del trabajo arduo en el interminable páramo de Castilla, se inventó, los platónicos dirán, se enamoró, de un caballerete de un pueblo cercano, llamado Alonso Quesada, también Quijano, un hidalgüelo que sentía predilección por las novelas baratas de caballería. Miguel de Cervantes, un autor quizá mas execrable que el propio M. de U., se hizo eco de esta historia, quizá pasó por el pueblo en su cobro de impuestos de las Alcándaras Reales y el resto se escribió solo.
Otro caso anterior, un tal Lázaro de Tormes de vida desgraciada y cornuda, llevó una vida despreciable y alguien aprovechó esa experiencia para ponerla por escrito, destrozándole obviamente su vida y buen vivir ya que llevaba en silencio su vergonzante existencia, y que, desde entonces, sirvió de mofa para todo lector de unas cartas que él mismo escribió de su puño y letra a un destacada eclesiástico. Y nos llamaron personajes de ficción...
Los casos son innumerables, pero no por ello menos dolientes. Incluso he llegado a pensar que M de U. nuca existió y también que todas estas personas mencionadas antes, y yo mismo, creamos a nuestros creadores, y que los que no existen son ellos, ¿quién se acuerda hoy de un Anónimo, de un Cervantes, de M. de U. ? Hemos sido nosotros los que les hemos dado vida a ellos y no al revés, como dijo Claudel, no han sido las palabras las que crearon la Odisea, sino el propio texto quien creó las palabras.

6.- Un caso parecido, e iré terminando ya este documento de desencuentro y desagravio, toda vez que queda claro mi punto de vista. Es un caso falaz y me lo comentó un conocido mío francés en un famoso café de P... donde me encontraba por motivos laborales con otros eruditos y escritores al uso, tan arrogantes ellos... Mi conocido se llama Menard, P. Menard, el cual fue vilipendiado tres veces, una, por Miguel de Cervantes, entre los siglos XVI y XVII, que ya pensó en crearlo en su falaz historia de don Quijote, historia, por lo demás falsa, ya que, como él mismo afirma, no es más que el perabbat, o amanuense como dirán en esa escuela infame de la modernidad, esos que confunden política con literatura; todos los entendidos sabemos que fue el moro Cide Hamete  Benengelí quien escribió la verdadera historia de Aldonza Lorenzo, lo demás es reinterpretación de un triste fucionario de Pósitos reales. La segunda vez, vilipendiado por la literatura francesa, que lo relegó a un segundo lugar en el Parnaso de sus letras patrias, nada de Pléyades, mientras que autores tan mediocres como Edmond de Rostand inventaban hombres a narices pegados que emulaba un discurso pseudo-platónico para costureras falaces y acaso bonitas. Y la última vez, Borges, J.L., otro poeta que intentó suerte con falsificaciones de historias que oía al paso tal vez en su Argentia natal, y podríamos hablar de otros de sus personajes, como Asterión, o Funes, pero no, escogió a mi amigo, a mi semejante, a mi amigo Pierre Menard, el auténtico escritor del Quijote, que por supuesto era más breve que ese que se publicó siglos antes. Borges, J.L., quiso apurar su fama incomprendida del verdadero creador de ese personaje universal.

7.- Por todo ello, quiero afirmar, NO, puedo afirmar que M. de U. no existe, que no existió nunca, que yo Augusto Pérez soy Miguel de Unamuno, que yo, A. P. di vida a Miguel de Unamuno como personaje ficticio y universal de la literatura y que si alguna vez ha existido es gracias a mí y no al revés, y de ahí la razón de este escrito, para evitar que las palabras se pierdan en esta Niebla aciaga de la creación.

Vale

Fdo: Augusto Pérez

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