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"TEORÍA Y REALIDAD DEL OTRO", cuento de Joaquín Fabrellas.

La realidad tiene sus errores. Sucede que nos empeñamos en demostrar que todo cuanto sucede es verdad, pero los hechos tienen siempre varias lecturas. A veces dependen tan solo de un simple gesto, de un solo movimiento para que se desaten aludes de inconveniencias, todo por beber demasiado rápido el café, por olvidarnos de cerrar la pasta de dientes una mañana y ya todo se encamina hacia el fracaso o hacia un día estupendo. No estoy hablando de casualidades, ni de milagros, hablo de errores en la normal consecución del tiempo. Quizá ese sea el motivo por el que estoy en la cárcel.

Soy profesor de filosofía en una Universidad demasiado prestigiosa como para decir aquí el nombre. En cualquier caso, no importa. Esperemos que este hecho no desencadene actos demasiado importantes en la narración de mi caso. Enseñaba Metafísica a alumnos comprometidos con la filosofía, ya saben, todo en torno al ser, los aspectos más humanos de lo humano, la esencia, lo real, lo fatídico y lo fieramente salvaje del hombre. Me doctoré en el Tractatus logicus-filosophicus de Wittgenstein, aspectos refutables entre la filosofía y el lenguaje me granjearon cum laude en mi tesis doctoral.

Para mí no existen las casualidades, no existen los milagros, ni los verdaderos, ni los falsos. Entiendo la filosofía como un acto permanente de ateísmo, el hombre está en radical soledad con el universo, no hay Arquitecto Sapientísimo con reglas permanentes y observables mediante la experimentación. Todo es fruto del hombre, de hecho es la especie más peligrosas que ha habido sobre la faz de la tierra. El hombre solo pierde en el cuerpo a cuerpo contra el animal salvaje, pero ya ha inventado medios para destruirlos. El hombre es poeta y animal laico, y también altamente ritual. Ornamental. Hemos sufrido años de evolución y nos hemos convertido en una carcasa bastante resistente. Mienten los que dicen que somos débiles, es difícil matarnos, o tan fácil como a cualquier otro aimal desprotegido. El hombre ha olvidado a veces sus mecanismos de defensa.

Todo esto lo digo para introducir mis reflexiones y para afianzar la idea de que no existe ningún poder externo o superior que nos haga variar la conducta. Todo lo desencadenamos y lo creamos nosotros. Por eso no pude creer lo que me estaba pasando en aquel momento fatídico. Yo puedo explicar todo, quiero decir, cualquier hecho supuestamente sobrenatural desencadenado por la ruptura de lo real y la introducción en lo maravilloso. Todo sigue el patrón de la causa y efecto, si yo tiro una piedra a un lago en reposo, habrá unas odas que se irán expandiendo sucesivamete hasta que toda la superficie del lago quede en movimiento. Si yo veo solo el resultado final de este acto, no diré que el lago se mueve solo, deduciré que alguien ha arrojado un objeto.

A veces escuché, desde mi pensamiento racional, voces que quizá no procedían de nadie, pero porque no pude encontrar la causa, todo son actos físicos, hechos demostrables. Se trata de conocer bien el entorno, entonces se pueden demostrar todos los hechos paranormales. Cuando era niño pasé una noche entera esperando la llegada de un dragón porque me habían estado hablando de su existencia mágica en una torre árabe en la casa de una vecina de mi abuela. El dragón no vino, estaría demasiado ocupado contando sus relucientes monedas de oro en el interior de su torre. Para mí, Dios es un fantasma, nadie ha podido demostrarlo, excepto la fe, sí, pero la fe, no es demostrable, es tan solo una actitud moral; mi completa falta de fe en Dios no quiere decir que sea malvado o que quiera hacer el mal. El mal existe independientemente de la religión, las religiones canalizan ese mal en un personaje o en varios, le ponen cara y le dan un nombre o muchos nombres. Son polos opuestos, el bien y el mal, pero tanto uno como el otro son totalmente legítimos si se desencadena por causas naturales. La maldad no la hemos creado nosotros, nosotros hemos creado un tipo de maldad más sofisticada, pero existía mucho antes del nacimiento de Cristo. El cristianismo no es sino la mezcla de ritos paganos: Jano en Navidad, Carnaval antes de cuaresma, la noche de san Juan a comienzos de verano, es una gran religión sincrética.
Entonces si Dios no existe no pueden producirse hechos extraordinarios en su nombre, ni milagros ni como se le quiera llamar, todo responde al estímulo y a la respuesta. Los milagros son el cansancio en la fe, la monotonía en la rutina. No son otra cosa.

¿Errores? ¿Existe una realidad con errores? No, la realidad es continua y única, inalterable si no se adultera con sustancias psicotrópicas, pero esta resolución no hace al caso, las alucinaciones son solo reales para el alucinado, no son observables por todos. Yo aquella noche no había bebido ni fumado cannabis, por lo tanto descarto la idea de la alucinación. Era así de sencillo, estábamos al final de la temporada académica. Había terminado las clases y las correcciones, así que me encaminé a un monte cercano a la ciudad donde solía ir a descansar de la tensión producida por el año lectivo. Bien, reconozco que se me hizo tarde, lo que no me importó en gran medida, ya que conozco muy bien aquel monte. Lo he subido cientos de veces, no es muy escarpado y la subida discurre plácidamente entre pinos centenarios, encinas y majuelos. Se me hizo tarde porque me confié, eran los primeros días de verano, cuando los días son más largos y la luz inunda todo, entonces pienso que la felicidad cabe en ellos, qué equivocado estaba. Días largos y ágiles. Hay una gama de colores enorme y matizada, me gusta reflexionar con ese cuadro abstracto de fondo que es el paisaje. Me iba deteniendo por tanto a cada paso, con largas pausas para observar el cielo y constatar el cambio de los colores. Se hizo de noche. Iba solo. No me importaba porque había hecho ese camino cietos de veces; lo normal era que yo hiciese solo ese trayecto. Ya he dicho que no tengo miedo a lo extraño, qué me podía pasar allá arriba: nada. Pero nada más lejos de la realidad. Lo que vi era lo único para lo que no estaba preparado.
Hay un refugio pequeño en la cima de la montaña, más allá un precipicio, si la noche no es fría puedes dormir en el tejado contemplando las estrellas y el brillo de la ciudad en el fondo. Todo es apacible y único. Cuando llegué quedé algo decepcionado porque había alguien, una sola persona y se sobresaltó al verme llegar. Pensé que era normal cuando ves llegar a alguien que sale de unos arbustos y se acerca con un paso dudoso. Saludé y no respondió al saludo, se quedó muy quieto; a los poco segundos, mientras me acercaba más, supe que algo no iba bien, por qué no se movía, qué llevaba en las manos. Quería acercarme más, todavía no le veía la cara y permanecía parado al lado de la casa con los ojos muy abiertos que se iluminaban en la oscuridad. Dije mi nombre otra vez como en un recurso malo de una obra de aficionados. Le pregunté quién era, tal vez fuese extranjero y no me entendiese. Decidí coger mi linterna para alumbrar al desconocido, tenía ganas de escapar de allí, pero no lo hice; empezó a decir su nombre en un tono muy familiar pero dubitativo. Pensé que se burlaba de mí porque dijo mi nombre exacto hasta el segundo apellido que yo no le había dicho momentos antes, dijo que trabajaba en una Universidad como profesor de filosofía y que enseñaba Metafísica a alumnos comprometidos, ya saben, lo más humano de lo humano, etc, etc.
Iluminé su cara con la lintera y noté un pitido grave, un frío de horror en el estómago, no pude articular ni una palabra. Ese hombre era yo mismo, no parecido, no otro yo, era yo. Solo que había llegado antes

¿Me entendéis ahora cuando digo que todo es demostrable? Todo debe ser demostrable; por lo tanto él debía ser un error, un error en la realidad y la realidad no contiene errores. No debía existir. No existen las casualidades. Entonces, para ayudar a la realidad a que siguiese su curso me determiné a hacerlo rápidamente, no me llevó mucho tiempo, la verdad es que no me creía capaz de hacerlo, pero lo cogí rápidamente por el cuello y lo arrastré hasta el borde del precipicio dejándole caer. Oí el ruido de su cuerpo chocando contra las ramas y las piedras hasta que se perdió en la profundidad oscura. No opuso resistencia.

Sin embargo, más tarde se inició una investigación que apuntaba directamente a mí y yo no supe explicar el miedo que sentí al encontrarme conmigo mismo y racionalmente ahora me dicen que yo también soy un error en su realidad y que van a deshacerse de ese error metódicamente desde la silla eléctrica o de alguna otra forma aséptica y eficaz. No opondré resistencia.

La realidad es desconsiderada con sus miembros. Creedme

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