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"Helen en Hollywood". Judy Grahn. Sumisión anónima.

Cuando se marcha a Hollywood es un ángel.

Escribe con su carmín muy muy rojo
sobre la ventana de su cuerpo:
¡ Échame de menos, oh búscame!
Separa sus labios como una flor de loto.
En la noche de estreno
se alza sobre la alfombra con elegancia, brillante;
muchos hombres la rodean.
Ellá está volando,
sus altos tacones son varitas mágicas,
su piel es eléctrica,
sus pulseras refulgen,
el color de su rostro es asombroso,
el cabello y los ojos, vibrantes.
Cómo refulge el brillo
que se expande a su alrededor.

Ella se muestra cohibida y autosuficiente,
centrada en sí misma,
vista desde el ardiente foco de nuestra atención.

Nos hemos empapado de ella.
Los seguidores la saludamos
como criadas sin vergüenza,
de puntillas la rodeamos todos
muy juntos
para sentir la fisión de una estrella
que vive en la tierra.
El brillo, el ángel solar,
la luminiscencia de alguien
muy diferente a nosotros.

¡Miren! ¡Miren! Ella es diferente,
canaliza nuestra energía
que pasamos por ella convenientemente.

Es un navío de luz,
su carne es como el lino: tejido viviente,
ella es el símbolo de nuestros sueños
y nuestros miedos
y de nuestras malditas visiones,
todas las metáforas de nuestra vida en América.

Harlowe, Holliday, Monroe.

Helen,
cuando se marcha a Hollywood
vale para todos nuestros propósitos.
Su carne es como la cera caliente, una vela.
Ella es de todos los lugares y de todas las clases sociales:
"Es ella", decimos reconociéndolo al instante,
porque su belleza nos corta el aliento
o lo que nosotros llamamos su belleza.

Ella brilla por cada poro,
la adoramos, la imitamos y amamos,
la adulamos, envidiamos, admiramos,
rechazamos, despreciamos,
nos llenamos con ella.
La amamos, incluso decimos
que si no tiene cuidado
podemos incluso matarla.

Noche de estreno,
aterriza en su alfombra,
con esas manos de dedos tan largos
como ramas divinas
moviendo y estirando las cadenas
de nuestra atención,
mientras los conductores de limusinas
con tejanos azules
permanecen bajo las capotas de sus coches
para ver al ángel hablando.

Davis, Dietrich, Wood,
Tyson, Taylor, Gabor.

Helen, cuando se marcha a Hollywood
para convertirse en una estrella andante,
para ser actriz.

Ella es mucho más que un producto de Max Factor.
Max Factor no la fabricó
aunque el maquillaje nos ayude a ver
lo que más nos gustaría coger de ella.

Su carne es como el cristal,
una araña de cristal,
un espejo.

Harlowe, Hollyday, Monroe.

Helen
cuando se fue a Hollywood
para ser un ángel.

Y es ella y no nosotros
quien es diferente.

Ella, que se casa con el príncipe heredero,
que conduce el baile ceremonioso,
ella, que barre las escaleras
con su largo vestido de fiesta.
Una señorita que salta,
que ríe, que nos dirige.
Ella es nuestra flor.

Es ella quien yace estrangulada en el campanario.
Ella, alcohólica y suicida,
o encerrada esperando en la alta torre.

Ella que yace sudando por una fiebre contagiosa,
que salta desde su ventana azul
hasta que él quiera, si quisiera, dejarla.
Es ella la flor de loto
y no nosotros.
Es ella con lirios en su pelo
y un piano detrás,
su oscura carne refulgiendo.
Ella, cuyos labios húmedos
casi acarician el micrófono,
cuya voz rota
es precisa y deslumbrante y abrumadora.

Ella, princesa y arlequín.,
atleta y topo y puta y señorita,
diosa del celuloide,
la única y original reina americana.

 Helen
cuando fue un ángel
y se marchó a Hollywood.


Traducción: Joaquín Fabrellas

De Sumisión anónima.

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