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Juan Manuel Molina Damiani. Tierra de paso.


Juan Manuel Molina Damiani. Tierra de paso. 2011. Diputación Provincial de Jaén.

Después de Salvoconducto(1984-2002), que aparece en 2003, Tierra de paso es la segunda apuesta poética del crítico y poeta jiennense Juan Manuel Molina Damiani. (Jaén, 1958).
La poesía es una actividad meticulosa para Molina Damiani. Si su primer poemario tardó en gestarse casi 20 años, este poemario ha sido igualmente lento en su gestación. La poesía es revelación, para Damiani es también rebelión. Este poemario habla de ello. La rebelión cotidiana, casi inmóvil, de ser un ciudadano más: el poeta, que desde su perspectiva, habla de la ciudad que habita y le habita, que le ha creado y le ha desvelado tanto. Poesía y ciudad andan juntas en este poemario. La ciudad como sitio real que habita los límites de lo irreal, de lo inventado: el poema. De ahí la poesía revelada, rebelde. La palabra exacta que acompaña una dicción meditada, seleccionada, que juega a ser muy formal, pero que se permite giros, palabras, modismos escogidos de la calle, en un intento casi erasmista de acción poética. Porque esa es la manera de Molina Damiani ante la poesía, el tiempo como factor omnipresente en sus composiciones, los recuerdos que parecen filmados por un fino cendal de palabras, la forma, muy cuidada en sus composiciones, y que, más adelante veremos. Otro de los puntos esenciales de su poesía, tanto en este, como en el libro anterior, es la aparente naturalidad con la que sus composiciones van naciendo, airosas y musicales. Las piezas nacen en la obra de Damiani desde la oralidad: para ser palabra recitada o como robadas a la conversación. Molina Damiani no olvida la calidad primera de la poesía, la musicalidad; ni tampoco la segunda: la revelación de ese mundo disfrazado que el poeta hace cierto o patente.
Tierra de paso se divide en tres partes, lo que le da una estructura ágil y fresca, a saber: “Dominios de frontera”, “Ídolos de nosotros”, precioso título que procede de un poema del catalán Gabriel Ferrater, y “Ronda del Rosario”.
El estilo de Molina Damiani paga tributo a sus maestros, los cuales están presentes en las citas del libro: José Hierro, Agustín Delgado, o Diego Jesús Jiménez. Para estos poetas, el compromiso poético estaba cercano a las preocupaciones más mundanas, que son, en definitiva, de las que habla Damiani en su poesía, es esa visión, que, desde muy cerca, se convierte en verdad, en realidad, en poesía objetivada. De ahí se escinde el tono realista de las composiciones, el deje confesional del que aparenta no saber nada de lo que está haciendo, pero que no oculta el profundo compromiso del poeta moderno con lo que le rodea.
En la primera parte abundan los poemas metapoéticos, la labor del poeta y su obra: el poeta es un otro yo que juega ser otro yo, como se vio en Rimbaud, Pessoa, o en Machado. El tiempo aparece igualmente como concepto que sirve para armar la crítica feroz de su propia vida, o quizá debería decir, de nuestra vida de hipócritas lectores, que sabemos las reglas del juego poético y nos escondemos en ese yo tan cómodo y burgués, sabiendo: “Ya se acabó dos mil/ dos, ya no tiene sentido esta agenda:/ ya está aquí, deflagrándote, injertada,/ en lo que piensas que es tu vida.”
O la línea amorosa de “Bolero”, magnífico poema donde predominan los alejandrinos. El amor como fuerza destructiva que vuelve a crecer en la música y el efecto del tiempo circular.
En la segunda parte: ”Ídolos de nosotros”, el poeta se pregunta por las bases que sustentan al hombre moderno: esa suma de tiempo acumulado, la tristeza que se escinde de la nostalgia de una pérdida original, pero que es difícil de denominar, la indolencia de la vida que juzga impasible nuestro paso por el mundo.
Destaca el poema “Función de las ocho”, donde el poeta, como Machado, contempla “la monotonía de la lluvia en los cristales”; la función propedéutica que permite contemplar el paso del tiempo de ti mismo y de los otros: ...” Pasándoles despacio/ a tus alumnos lista, la luz de la mañana/ desfonda los tubos fluorescentes de la clase/ y ve que se te acaba de quedar / la mirada perdida de recuerdos.”
En “Gran Eje: Punta Oeste”, el poeta aglutina toda una serie de recuerdos en torno a una calle principal de la ciudad; contemplando el paso del tiempo, la ciudad que ha ido creciendo, los niños que antes jugaban, ahora son mayores. El que pensábamos ser, no es ni la sombra de lo que ahora somos: la propia construcción de nuestra vida se ha ido forjando en torno a nuestros recuerdos, y no hay solución para tanta desolación: “ Si hoy tampoco yo soy/ quien tú soñabas esos días,/ igual tú nunca fuiste entonces el que ahora yo creo./ Tú eres lo que serás; yo, sólo algo que ya ha sido”. Lo que une a Damiani con la poesía más filosófica de Quevedo y con la preocupación existencial que ya describiese Eliot.
En todo el poemario se han ido mezclando sin darnos cuenta, con el tono medido de las formas fijas, los eneasílabos, los heptasílabos, los endecasílabos, para dar paso a la última parte del poemario, tejida por completo de dáctilos, poesía infrecuente y atrevida, toda vez que las formas fijas no han sido cultivadas en estos últimos años, a no ser por la ingente labor de Antonio Carvajal o, pasando el tiempo, por la obra del magnífico poeta zamorano: Claudio Rodríguez.
En “Ronda del Rosario”, Molina Damiani usa la voz de un personaje: Rafael Porlán, Secretario del Banco de España en el Jaén del franquismo, poeta alcohólico destinado a esta ciudad de provincias, en donde fue forjando su propio acabamiento entre la nada y la desolación existenciales. El poema es un monumento sentimental a la vida en esta ciudad que sabe mucho de historias truncadas, y que , más de sesenta años después de la muerte de Porlán, sigue siendo actual y necesario, no solo para Jaén, sino también para la sociedad española, tantas veces brillante, tantas otras, cainita e injusta: “ Te temo/ tanto, ciudad, ciudadela sitiada: si pudiera sentirme/ como vive un recuerdo/ olvidado, un recuerdo que ya no podrá regresar”.
Punto culminante de este poemario musical, escrito con el tiempo, madurado en la espera de quien sabe que escribir sí es absolutamente necesario, que no es solo una actividad de resistencia
para tiempos inciertos.

Joaquín Fabrellas Jiménez

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