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Pliegos del Condestable. (1550-1650)















Pliegos del Condestable

Soneto asonante  que escribe Baltasar de Saavedra, natural de Baeza, y entierra en el suelo para que nadie lo encuentre, donde confiesa que ha descubierto unas ruinas musulmanas en el Palacio de Villadompardo donde se hospeda como experto zahorí, empero, por mal de amores, no dice al dueño lo que ha visto, por no ser tomado por loco o con mal tino. 1635.
Encontrado en fecha reciente en Pliegos del Condestable.

Todo el orden inventará su caos
cuando el caos engendre su comienzo,
aquella plaza, laberinto claro,
aquel palacio de azahar cubierto.

Y a su piedra la luz así devuelva
dulce sombra que a descansar me llama,
la rama esconde media luna y llena,
su noche abierta de agua pura y palma.

Allí reposan los arcos en bóveda,
celeste, sombra incólume de estrella,
y copia adentro la noche de afuera,

recoge afuera todo su silencio,
la voz callada para labio inmóvil:
será su fallo germen de su cielo.
  

Pliegos del Condestable

Soneto que dirige el cantero Eufrasio López de Rojas desde su casa de la calle Llana  a don Andrés de Vandelvira, una noche de insomnio en que no sabía cómo resolver la fachada de la Catedral de Jaén, esperando que la memoria del manchego le ayudara en tal trance. Soneto rescatado de los pliegos del Condestable, 1662.

Se desprende el pincel del cielo puro
por ser la senda donde ahora advierte
la luz su ser primero, si revierte
en reflejo del agua, en el oscuro

papel de sueño dibujado, forma
aire perfecto, templo del deseo.
Cumple la piedra su voluntad, reo
de la idea y el tiempo que es su norma.

Describir un celeste texto, brío
y orgullo a una ruina, mira al sur
donde un imperio acaba del gran río

seco, memoria del desierto, arena
hecha montaña, ahora noble piedra,
y del caos hacer belleza plena.

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Pues es mi cuerpo ahora carne inerte,
solo sombra, la piel acariciada
de tu mano que prende por la nada
su rastro; la mirada busca verte

de nuevo, donde el lecho no confunde
la noche herida, fue lejano el vuelo
del ave que guardar solía, cielo
que aúna su recuerdo mientras se hunde

en la noche mi cuerpo con su herida,
rescata el dulce llanto, su alta dicha
no predice el destino, usurpa vida

cruel, lágrima cogiste a mi lamento,
vano fue mi dolor, el daño duro,
pues todo acaba en un sutil tormento.