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Viñals, la pulcritud del lenguaje.
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Retomo ahora la lectura de un poemario de José Viñals publicado en 7 i mig, en el año 1998, prologado por el poeta Guillermo Fernández Rojano: Animales, amores, parajes y blasfemias.

Su lectura me devuelve la imagen de un Viñals borroso por el humo, inmóvil al final del largo pasillo, sosteniendo una copa de balón, apurando un Torres en la habitación repleta de libros y Bach sonando, la gran mesa de madera, el último libro leído y unas cuartillas sobre las que improvisaba algo. En una parte de ese salón destacaba el cuerpo abstracto y gris del telar de Martha, sus tapices ocupaban gran parte de las paredes: una mezcla de imágenes surrealistas que confeccionaba con una técnica ancestral. Recuerdo a la hija Andrea que sonreía desde su cuarto.

Oigo ahora el habla pulcra de Viñals, su marcado deje argentino, la única persona que he conocido que distinguiese aún entre la ll y la y griega, su fiel homenaje al lenguaje, oigo como me habla de Saint John Perse, de Eliot, de Gamoneda, de cuando estrechó la mano de un Kerouac poco avisado en una Argentina enorme; me habla de Juan Larrea exiliado en la Córdoba argentina, el poeta de culto del 27 al que conoció allá en su juventud, le escucho cuando me habla de cine, él sabe de cine, no ese sucedáneo que se hace ahora, me habla de la oportunidad de haber ido a Checoslovaquia con un proyecto cinematográfico, pero él fue poeta.

La pulcritud del lenguaje, me avisaba de ciertas palabras utilizadas mal por mí en algunos de mis poemas: comisura, solo en los labios; me habla del problema lingüístico que tuvo con la palabra medias, lo que significa en la Argentina no es lo que significa aquí en España. Ejercía una maestría humilde y sosegada, cariñosa y risueña, la vida era una enorme oportunidad, José:

"De tu fosforescencia, ¿qué luz resta?, bicho apagado, aerolito de corto recorrido, pabilo retorcido de la bujía funeraria. Pues ya lo sabes, hermanito tiznado: consumida la luz no queda otra salida que la extensa negrura. Y el ángel de lo negro tiene prisa; no lo entretengas con ambiguas preguntas. Es una treta tonta que nada bueno augura. Mejor acaba de una vez, pues en el núcleo de lo negro está el secreto de lo negro, la razón inasible de tu alquimia de plomo."

De "Teologías".


Retomo ahora este libro y me reconforta leerlo, su poesía es celebración, abre nuevos caminos con la realidad, surge, se desprende por la alegría, el lenguaje es creador, nuevos matices apartan lo sombrío, todo se hace luz o desde la luz, aún habiendo sufrido, los exilios, los viajes, las separaciones, las idas y venidas de un espacio enorme, un mapa que se doblaba y se desdoblaba, un océano doméstico a escala de mapa.

"El mar, el mar, el mar. La sal en la corola del muérdago marino. El niño de los astros trepa los riscos escarpados. Allí marejada de los corderos. Aquí el caballo solitario con sus crines al viento. Allí, en el promontorio de las aves, las gaviotas. Aquí tu regocijo de hembra adulta. Aquí el pan, aquí la miel , aquí el breve cuchillo. Allí el vuelo del pelícano de buche gigantesco."

 De "Miel y leche".

El apretón de manos fuerte y su sonrisa siempre presta al escándalo. Su poesía era así, contundente en su ligereza, exacta como un fiel de balanza, malabarista de un lenguaje único, el discurso onírico, un irracionalismo combatiente porque la realidad siempre es más sucia, más fea, más incompleta, por eso escribimos, no, José? Por eso y porque tú, me decías, la poesía era el ejercicio intelectual que quería desvelar lo Otro, lo que reside al otro lado, y traerlo aquí, de ahí su necesario ejercicio, de lo contrario nos convertiríamos en otra cosa, seres sin sentimiento ni lenguaje, que es lo que muchos quieren ahora. Ejército humano de replicantes absurdos, y el alma vacía.

"Apreté el puño sobre la víscera pequeña, tu corazón de rana, uno de tus sagrados siete corazones, uno de tus excesos con el que me confundes la razón y el castillito de mis convicciones [...]
Voy a estrujarlo y a comerlo, así al menos tendré una de tus siete emociones, mujer en siete tomos, enciclopedia de las despedidas."

De "Diccionario".

Ahí queda tu poesía que sigue guiando el camino de muchos entre los que me incluyo. El lenguaje somos nosotros, nada más, lo demás es silencio.

Joaquín Fabrellas

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