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Miguel Floriano
Quizá el fervor.
La Isla de Siltolá. Sevilla. 2015.


Miguel Floriano, (Oviedo, 1992), cuenta con otros títulos como Diablos y virtudes y Tratado de identidad, aparece además en las antologías: Re-generación, a cargo de José Luis Morante, de la editorial Valparaíso, y Nacer en otro tiempo  preparada por Miguel Floriano junto al poeta Antonio Rivero Machina. Su última obra ha aparecido recientemente en Renacimiento: Claudicaciones.
Sorprende Miguel Floriano porque se dan en él como poeta cualidades que pocos poetas poseen,  al menos, con tal juventud; después cumple unos factores poco comunes en la lírica actual, el uso de las formas medidas y la maestría al usarlas, maestría que pocos manejan con  soltura toda vez  que requiere de una serie de lecturas clásicas que no suelen hacer los jóvenes poetas ahora,  que  parecen seguir una suerte de poesía intuitiva y de experiencia de extrañamiento ante el mundo que los rodea y los aturde. No es este el caso.
Por lo tanto Floriano no solo ha leído a los clásicos españoles, su huella está presente en todo el libro, sino que además ha continuado su camino y no de  manera pueril, pues su  juventud no es obstáculo para el desarrollo estético y sentimental de la experiencia poética.
Floriano maneja muy bien la musicalidad basada en una acentuación poética que nos hace ágil la lectura del poemario que discurre de forma grácil y nada forzada, lo cual es otro logro ya que  la colocación de los acentos de forma adecuada en las formas fijas de la lírica es otra de las bazas de la métrica tradicional, que Floriano viene a remozar de forma tan sorprendente.
Me recuerda su lectura a Jaime Gil de Biedma, por su combinación de endecasílabos y heptasílabos que recordaba a su vez al maestro del 27, Cernuda, y toda su lección estética del monólogo dramático que tan productivo ha sido a la poesía española, y también, cómo no, a Antonio Carvajal, maestro indiscutible de la métrica actual.
Por otra parte, lo que subyace en su poesía, los temas a veces neoplatónicos, el sesgo irónico al narrar  la experiencia vital, lo colocan también en un punto discursivo muy madurado y de nuevo, conocedor de la tradición, no solo española, sino europea, los franceses de finales del XIX y los ingleses,  ya que posee un discurso meditativo-dramático que lo unen con la tradición inglesa y los ejercicios líricos de Eliot.
 Sin embargo, su poesía está basada en la fuerza de las imágenes que crea, superando el esquema tradicional que la métrica le ofrece, desasiéndose de los lazos que lo atan a los parámetros a veces inamovibles de la tradición que no muchos poetas pueden superar, nos recuerda a veces a Claudio Rodríguez, otro ejemplo en la superación de la métrica tradicional.
Si la poesía utiliza las formas medidas para enmarcar el torrente subjetivo de la experiencia vital y así refrenar el impulso sentimental que tanto afea el resultado, en Floriano, la métrica se usa como un molde, o como una máscara  donde su yo se desdobla y se apoya para  desplegar una poesía sorprendente en tanto que hallazgo y maestría. Lo novedoso reside en que engaña al lector que piensa que su discurso discurrirá por la vía de la corrección programada por la forma fija, y, sin embargo, la fuerza de  las imágenes supera en mucho cualquier poesía que se esté haciendo desde los melifluos membretes de una mal entendida posmodernidad de carácter urbano y repetitivo de otros jóvenes poetas.

La organización del libro, tres partes: Ofrendas, Método del canto y Pavesas, más una Coda que cierra el libro, son un homenaje y un diario sentimental sobre una experiencia vital que ya no sabe qué esconde la máscara y qué dice el rostro, qué se esconde y qué se recrea, la poesía viene a ser eso, una recreación del sentimiento, de lo cotidiano. Así el libro va jugando a resucitar maestros como Lope que viene a decirnos unas palabras para marcharse definitivamente:
“En la extraña verdad en que habitamos / apenas sé quién sois y quién soy yo […]”
De “Lope revive, escribe unos versos y se vuelve a su sepulcro”.
O nos muestra esos largos títulos de la lírica y la narrativa de la tradición clásica para reformarla, precisamente desde lo sucinto, con un extremado juego de contrapesos, porque la poesía tiene un alto contenido de experimentación para el poeta y nos ofrece una declaración, una poética.
Aplicarse, si no hiere la umbría, / a la praxis insomne del vacío / frunciendo tenazmente los vocablos más / díscolos […]
De “Donde el poeta termina balbuciendo al tentar, contumaz, el esquivo milagro del poema”.

El acierto de Floriano en Quizá el fervor es que hay un hallazgo en cada uno de sus poemas, una weltanschauung condensada y lírica, revelación de lo que habita más allá de lo indecible, una fuerza que se apoya en la métrica, pero que acaba creando una imagen muy poderosa en el lector, algo que no suele abundar en la poesía actual y cuya lección aprendió en Baudelaire, Rimbaud, o incluso en Saint-John Perse.

Destacable es también el poema “Apología de la pasión”, donde nos ofrece una idea fundamental que supera las antiguas dicotomías de conocimiento y comunicación, o las de poesía más apegada a la “vividura” frente a la estética del champán de novísimos y “claraboyistas”, que es la idea fundamental del poema: el hombre nunca sabrá ni conocerá nada, toda vez que sus sentidos le engañan, en especial en estos tiempos en los que la caverna se está convirtiendo en un laberinto transparente, así afirma:
“ Amar, amar como palabra / escrita, ya que nunca, nunca / nos será posible saber ni conocer”.

Donde nos deja ver la lección de Diógenes en cuanto a la omisión de todo lo superfluo y un cinismo muy útil para estos tiempos salvajes. El poema está dedicado a sus compañeros patarrealistas, movimiento poético del que el autor forma parte.

Por lo tanto, la poesía de Floriano es todo un hallazgo por su medida frescura, por la fuerza desmedida de sus imágenes, por la indagación en la belleza del lenguaje, también por la asimilación sin ambages de la lección clásica de un poeta que sabe muy bien lo que hace, fruto del estudio y de la lectura y no de la casualidad o el hallazgo. La obra de Floriano reviste meditación y sobriedad, se acerca a la música y profundiza en el idioma y en el conocimiento que del hombre, hace la poesía.
“ un incomparable, un bello enigma”.






Joaquín Fabrellas





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