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Julio Llamazares. Luna de lobos. Cátedra. 2011. 2ª edición.

                                                                                                                                                                                    Dedicado a Louise Glanville, que me   puso en su pista hace mucho tiempo. Gracias.



Libro imprescindible. Cumple todo aquello que se considera necesario para ser un clásico, siempre que nos importe aquello que se considere un clásico. Al menos cumple las funciones que para mí debe tener un libro excelente. Libro breve, conciso y escueto, basado en un discurso lírico, por ello debe ser breve. Descubre un léxico antiguo, propio del leonés y de las montañas de Asturias donde, intemporal, discurre la novela. Es precisamente ahí donde está uno de sus valores fundamentales, el poder de evocación de un léxico desusado actualmente, un vocabulario que pertenece al monte, a los animales y que confiere un valor semántico de dureza, de áspera incomodidad que es lo que ocurre cuando el hombre se acecha a sí mismo, cuando el hombre se convierte en una alimaña deformada de un hombre.

Dividido en cuatro secciones que hacen referencia a cuatro años durante y después de la contienda fratricida y que sumió a España en una profunda desolación sentimental, cultural, política y que desplazó a las fronteras de lo inhabitable a aquellos hombres que habían apoyado la República durante la contienda. En este caso: Ramiro, Gildo y Ángel, que como tres almas en vilo fatigan el monte cercano a sus casas esperando a que el nazismo cayese tras la segunda guerra mundial, lo que que dejaría sin apoyos a Franco en una Europa que debía lamerse las heridas en lugar de apoyar el gobierno electo de una República que en España nació muerta, con demasiadas cicatrices mal curadas, con grandes ideales y poca experiencia.

Una literatura descarnada, el viaje a ninguna parte que propone esta novela, la conversión en espíritus de los personajes, la animalización más absoluta: “Recuérdales que no soy un perro”, afirma Ángel, el último desdichado de los maquis que nos ofrece Llamazares en Luna de lobos, tras afirmar la hermana de este que según le han contado lo que tiene que hacer es “tomarse una botella entera de cognac y pegarse un tiro”, así dejaría de molestar a su familia, al pueblo, a todos, y que acaba en la huida hacia Francia de Ángel  el maestro, acechado por los guardias, personaje ausente y obsesión de estos tres guerrilleros que se negaban a aceptar el hecho irrefutable cuando ya nadie vendría a salvarlos de la muerte helada del invierno.

Una literatura que enseña los subterfugios, los lugares inventados que tuvieron que investigar los guerrilleros tras una contienda que nunca los aceptó con la connivencia de las instituciones tanto religiosas como de los poderes fácticos o de los caciques de turno. Destruir toda réplica de duda, un régimen muy efectivo en cuanto a su metódica destrucción de elementos subversivos que no dudó, dicho régimen, en aliarse con el ostracismo, la tortura, el tiro, el dolor, la destrucción cumplida tras una guerra implacable que enfrenta al hombre con el lobo que respira bajo la piel de cordero insoportable.

Una novela que entronca con la mejor tradición de literatura noble, defensora de la tierra, apegada a su más íntimo significado de los que defienden sus valores universales, el trabajo, la educación y la justicia. Novela que recuerda a Delibes, a El camino, o a ese hermoso cuento de Clarín, Ay, Cordera, un alegato a favor de la tierra y en contra de la modernización de los valles con la implantación de los postes de la luz. Una novela que recuerda también a esa esencia purificadora, una corriente de la literatura de viajes hecha por viajeros en los 50 y 60 en España, recuerdo a Tierra de olivos o la crónica de una tierra esquilmada que hiciera Goytisolo en Campos de Níjar.

Auténtica investigación en el idioma, esculpiendo, delimitando significados, con un ritmo lírico y sonoro, cercano  a la aliteración, al ritmo de la poesía, con una prosa medida, escrupulosa y  auténtica porque el lenguaje es parte del hombre y así lo demuestra en estas páginas. Huella clara la que dejará este libro en escritores actuales como el fulgurante Jesús Carrasco de la magnífica Intemperie donde también se trata el lenguaje con un esmero de orfebre y la historia cuenta la huida sin fin de un niño acechado por el hombre.

Defensa de la memoria de todos aquellos que sufrieron la persecución de un pueblo que intentaba eliminar a sus hermanos. Literatura hecha compromiso.

Joaquín Fabrellas

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