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Recuerdos, S.A.
Joaquín Fabrellas
Publicado en Viva Jaén 5/03/2015

Imagínense un mundo digital en el que todo estuviese controlado por el alma desalmada de un ordenador global que lo gobernase todo. La realidad virtual sería la única realidad, acuérdense de "La caverna" de Platón, ya no seríamos ni las sombras de lo que viésemos reflejado en la pared de la cueva virtual. Un mundo donde los viajes, los hoteles, nuestros planes, el propio dinero, y dando un paso un paso más, nuestros propios recuerdos, serían de ese ordenador, todas las fotografías de la humanidad, la ligazón sentimental con nuestro pasado sensible, eso que nos convierte en humanos y que gracias a su proyección sentimental, nos ha convertido en lo que somos hoy; todo sería de ese ordenador, "Nube" lo llamarán algunos, ese lugar más cómodo donde almacenar esos carísimos recuerdos en un lugar sin ubicación(sic), como Dios, que si existe, no estaría en ese no-lugar, en esa ausencia virtual.
La foto de su primera comunión, el día de su boda cuando la luz se derramaba sobre el pelo de ella, el día del nacimiento de su hija, la foto de su primera novia...
Imagínense cuando todos nuestros recuerdos en forma de fotografías sean de ese ordenador, cuando nos pidan dinero por acceder a ese servicio de almacenaje de recuerdos, nos querrán cobrar apoyados, cómo no, por el gobierno del momento, lo que ocasionará numerosas manifestaciones en las principales ciudades del país a las que acudirán en masa, poco numerosa, según sus propios números y sus estadísticas de la mentira, asistirán, los desmemoriados históricos, los que padecerán la primera enfermedad tecnológica de la humanidad: el alzheimer informático o no tener acceso a tu propia memoria.
Se  crearán entonces diferentes clases sociales que se hayan hecho con sus recuerdos y los venderán a los que nunca tuvieren o quisieron olvidar su pasado y se compraron uno nuevo, diferente, reluciente. Entonces estos nuevos ricos pondrán esos nuevos recuerdos en paraísos digitales, en potencias neutrales de corte centroeuropeo y pseudo alpinos, tan limpios y prósperos a nuestra costa. Todo legal, pero oscuramente podrido y maloliente. Los señores del recuerdo que no pudieron evitar convertirse en lo que fueron porque sus familias ya estaban allí antes, los pintó Van Eyck frente a un espejo.
El papel seguirá ardiendo a 451º Farenheit según nos enseñó Bradbury.
Lo que tienen en común la desvergüenza y la memoria es que nunca arden.

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