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Símbolos

Los símbolos siempre han sido importantes, para cualquier régimen político o cultura. Lo que sucede es que suelen ser contradictorios incluso en el mismo seno de la cultura que los ha visto crecer. Sobre todo cuando se refieren a personajes históricos porque tirios y troyanos tratan de apoderárselos de forma impune.

Los Reyes Católicos ya fueron objeto de un intento por parte del régimen franquista para subir a los altares. Si se mira bien el relato pasaron a la historia por una serie de afortunadas decisiones políticas que unieron ambas casas reales; Fernando el Católico fue propuesto como modelo en el ensayo: El príncipe, de Nicolás de Maquiavelo, todo un tratado de urbanismo político renacentista que mostraba el alto calado del floreciente imperio español, pero de ahí a la santidad, hay un abismo, o debería haberlo.

A Colón, el gran producto de los Reyes Católicos, también se le quiso convertir en símbolo, no sé si hispano, europeo o ciudadano de no sé qué mundo. Otro gran ejemplo de oportunismo, visitador de casas reales, charlatán o iluminado, hereje amigo de poderosos, ambicioso virrey que murió sin saber que había descubierto América. Cipango sí. Siempre me ha maravillado el poder de los condimentos y de las especias. Véase El arpa y la sombra de Alejo Carpentier.

Algo parecido sucedió con Fichte, el filósofo alemán autor de Discursos a la nación alemana y el disparate nazi, que se basó en su obra para definir la misión de Alemania en el mundo. La música de Wagner ofrece cierto recelo al oído del melómano después de ser utilizada como banda sonora de una invasión, ¿no oyen a las valquirias?

Y en España, actualmente, con la exhumación de un Lorca ausente de aquel barranco donde nos dijeron que estaría esperando para una improbable foto de registro de la barbarie de la historia, pero no estaba, ni estará.

Y estas semanas en una iglesia de Madrid, en un humilde osario de los sótanos, unos hombres tratan de encontrar la tumba del mayor escritor de todos los tiempos. ¿Por qué ahora? Oigo la risa irónica de un Cervantes que se resiste a ser encontrado, el último capítulo sin firmar de su vida de novela. Las iniciales con herrumbre en una caja de madera carcomida, contemplando su entierro en la lluvia de la historia, esa que dice que Cervantes murió olvidado, pobre, agotado de un pueblo que no comprendió jamás su obra, fueron los alemanes y su sensibilidad romántica  los que descubrieron la grandeza de su discurso mientras España se reía de él, como Lope de su obra poética, y él que pensaba que su obra señera sería La Galatea.

Ya lo dijo Cernuda: La realidad y el deseo: la historia y la verdad.

Quizá este gobierno necesite de esos símbolos ahora  que el patriotismo anda en horas bajas y engrosar la dudosa lista de productos de la marca España, pero quizá no recuerden los votantes que ya no se compran libros para las bibliotecas públicas y que cada vez hay menos estudiantes en las carreras humanísticas, es decir, que cuando encuentren la tumba de Cervantes no se sabrá interpretar un posible texto escrito en un español maltrecho, no interesará lo que pueda decirnos y se volverá a repetir esta historia mal contada.


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