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Anotaciones para el Cabo de Gata.

I

Hacia el este.
Al norte, las montañas de la Sierra de Alhamilla: ocres, peladas, majestuosas en la quietud del silencio que contemplan desde arriba. El observador tiene dos formas de ver el paisaje: una, de forma directa y escribirlo, como los pintores valientes; y otra, mirar de memoria, sin mirar, si no es desde el silencio y escribirlo. Las dos formas engañan al ojo del lector y también la memoria del escribiente, que inventa con la palabra  lo que no está construido en  la memoria.
Por eso, toda escritura es falsa.
Ahora no habita nada en este cielo: apenas un azul demacrado, blanquecino en esta hora lechosa del día. Algún pájaro despistado que se acerca al campo de visión entre el escribiente y el sol y recorta su silueta dudosa para formar parte de la impresión que dejan las palabras entre su escritura y su lectura.

A mí me gustaría ser ahora como Funes el memorioso, a ratos, no siempre. Funes fue un autista metódico y nunca habló. Borges inventó sus palabras. Me gustaría estar veinticuatro horas escribiendo minuciosamente las veinticuatro horas del día anterior y seguro que no se parecerían en nada a lo que sucedió realmente. Ahí empieza la literatura, cuando el hombre quiere recordar lo que ha sido.
Yo imagino a un creador que nos inventa todos los días desde siempre, y trata de escribirlo todo, es un Dios grafómano, ya que todo es un gran texto. Pero como Dios obsesionado tiene mala memoria y nos olvida, y nos mata, por existe la muerte pero esto nunca lo sabrá la ciencia, que también es equívoca.


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