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Cuerpo lento del tiempo. Antología. Antonio Carvajal.
Selección de poemas e introducción de Concepción Argente del Castillo Ocaña.
Editorial Point de lunettes. Sevilla. 2013.


Joaquín Fabrellas Jiménez. Profesor de Secundaria de Lengua Española y Literatura.


Es esta antología una restrospectiva del poeta Antonio Carvajal Milena (Albolote, 1943) a cargo de la profesora Concepción Argente que da buena muestra del quehacer poético del poeta granadino.
En su obra destacan varias líneas que nos van a servir para desarrollar este pequeño ensayo: en primer lugar, la importancia de la obra poética que pasó inadvertida en sus comienzos, pero que más tarde se ha ido restituyendo gracias a la obra de críticos avezados, que han visto en su poesía una muestra de rebeldía estética gracias a una métrica esculpida y a unos contenidos que lo entroncan con la mejor tradición poética clásica. Y es que con Antonio Carvajal recorremos la mejor poesía española desde el Renacimiento, hasta los grandes maestros del barroco, o, mucho más cercano, con voces tan sobresalientes como Machado, Unamuno, o Luis Cernuda. En segundo lugar, colocar su obra dentro de una generación, la del 68, que cristalizaría con los novísimos, con la acción de Castellet y su célebre antología, antología en la que no figuraría Carvajal por caprichos editoriales y personales, quizá renuente el antólogo ante una poesía medida, cosa tal, que le producía tanto rechazo como los últimos aspavientos de la poesía social, o esa visión post-social que llevarían a cabo los poetas de Claraboya, con Agustín Delgado al frente, recientemente desaparecido y pobremente estudiado por la crítica, a pesar de su importancia en los últimos años del franquismo tardío. Al igual que él, hay toda una serie de autores que no fueron recogidos en esa antología con tamaño éxito editorial: Diego Jesús Jiménez, Lázaro Santana, Ramón Buenaventura, o incluso un ejemplo de poeta ajeno a modas y modismos como es el jiennense Manuel Lombardo Duro, que también participa en su obra primera de los últimos coletazos de lo post-social y de cierta forma, no podía ser de otra manera, porque los incentivos sociales eran los mismos, del fenómeno novísimo.

Recuerdo los años de estudiante en Granada, donde los pupilos de Filología Hispánica, aprendices de poetas, nuevos en todas las mareas, andábamos a la gresca entre monteristas, seguidores del exitoso Luis García Montero con su poesía de la experiencia, fenómeno que más tarde entendimos con sus luces y sus sombras y estudiamos mejor, pero como casi siempre pasa, una vez habíamos dejado la Facultad, con Álvaro Salvador, o el malogrado y grandísimo poeta Javier Egea. Como estudiante de Hispánicas, leer y aprehender el poemario Paseo de los tristes y residir en Granada, era el summum de lo romántico, que después entenderíamos que era tan solo un romanticismo trasnochado o podrido por el consumismo de nuevo cuño. Por otra parte, estaban los seguidores de Carvajal, los carvajalistas, (el subrayado es mío), los que gustaban más de esa poesía medida, que como he dicho al principio, es donde reside la maestría de este gran poeta granadino y que yo contemplaba con cierto sesgo de despecho, ya lo dije antes, la juventud es arrogante, pero que ahora, pasando el tiempo, descubro como un gran hallazgo en este, a veces, lodazal. La poesía medida en mis años de estudiante era lo previsible y solo reconocía como maestros a Quevedo y Góngora, sin saber que estaba apartando de mí lo más autóctono de la tradición poética española, tan rica en sus variedades y sus temas. Paulatinamente he ido descubriendo su importancia en mis clases o en las lecturas públicas donde el verso medido es un gran aliado y materia camaleónica ya que se transforma, es dúctil, como arcilla en tus manos.

Una buena muestra de dos poetas más jóvenes, de mi generación, la de los nacidos a mediados de la década de los 70, que seguían ambas líneas poéticas, y va esta mención con todo mi respeto: José Cabrera, que sigue la estela de Antonio Carvajal y su hermosa poesía medida; y en segundo lugar, el también jiennense, Juan Carlos Abril, con una obra en continuo desarrollo, que ya nos sorprendió con El laberinto azul, con el que consiguió ser finalista del afamado premio Adonáis. Después vendría Un intruso nos somete, y ha sido sin embargo con Crisis, el poemario con el que enseña sus fauces de animal poético que todos sabíamos que llevaba adentro hace tiempo y donde supera esa influencia de la poesía de la experiencia, palpable en muchos poetas que surgieron de esas aulas: Rafael Espejo, Andrés Neuman o el que esto firma.

Antonio Carvajal, como dije, tenía para mí una lectura difícil, recóndita, se necesitaba tiempo y reposo, algo, para lo que la juventud no tiene paciencia; que ha sido lo más atractivo ahora, frisando ya la cuarentena: esa especificidad, esa dificultad, una poesía no para la masa, sino que requiere del análisis maduro para llegar a escuchar esa música tan personal que lo hace inimitable actualmente y solo comparable a ciertas voces poéticas también inimitables, cómo no recordar el bellísimo Itinerario para náufragos de Diego Jesús Jiménez o la obra del zamorano Claudio Rodríguez y su seminal poemario Don de la ebriedad. que concilian, como Carvajal, la poesía medida y el mensaje ético.

Carvajal posee una voz rebelde porque entronca el mensaje poético, una sensualidad en el decir, con la tradición poética más consolidada, su uso del endecasílabo y el heptasílabo, es realmente extraño estos días, versos tan difíciles que se asocian creando un canto tenso, de amplio recorrido el endecasílabo, descriptivo, y el heptasílabo, que da el fogonazo, la luz, la música, la sensualidad breve que habita la vida y la poesía. Fiel a sus principios, ha seguido esa forma hasta nuestros días, y no voy a hablar de los premios por él conseguidos, como dijo Juan Carlos Mestre, los premios son para caballos de carreras. Dejemos hablar solo a la poesía. Por eso, en un momento como el actual, donde parece que en poesía todo vale, la voz medida y sensual de Antonio Carvajal se erige como un valor seguro, y lo hace siendo fiel a la poesía misma, su discurso aparece entonces como tremendamente vanguardista por clásico.

Si atendemos a esta antología podemos encontrar una buena muestra de ello: no voy a hablar aquí de lo que ya habla en la introducción de manera muy acertada la profesora Concepción Argente, que enumera varios núcleos temáticos en la obra de Carvajal: el cuerpo, la amistad, la religión; sin embargo, sí hablaré, y lo he prefigurado antes, de la sensualidad que puede verse en sus versos, sensualidad que procede de la observación, de la visión por parte del poeta del mundo externo, del mundo sensible; el mundo escrito por parte de Antonio Carvajal es un mundo minuciosamente observado por él y recapacitado con el tiempo para convertirlo en algo más bello, transformado por la poesía, creando un mundo alternativo, necesario para anclar una visión crítica de este mal construido mundo. Il faut tenter de vivre de Valèry.

Puede verse esta sensualidad transformadora en “Membrillo” de su primer poemario Tigres en el jardín, de 1968, una intención de hilar la voz de la memoria mediante el testimonio poético, con un cierto deje barroquizante, de naturaleza muerta barroca de Cotán o Zurbarán. Recreación de los sentidos.

“Aquí estás, aquí pones tu olor de blanco huerto
y hay un mundo de gozo detrás de tu presencia.”

Que nos recuerda al optimista Cántico de Jorge Guillén, el vitalismo, la alegría de vivir. O:

“Mirarte no es mirarte, que es ver la luz del cielo,
el agua de la acequia, la alegre membrillera,”

Donde ya nos prefigura lo dicho antes, el mirar que es no mirar, es decir, observación y reposo para recordar lo visto y recrearlo en los versos. Alegre sensualidad que va delineando con mano maestra una realidad hermosa, sensible y transformada por la poesía.

El poder revolucionario de los versos puede verse en Siesta en el mirador, de 1979, por ejemplo, en los primeros poemas del mismo, con un eco entre Carlos Barral y el recuerdo sencillo, tierna voz de la memoria, de Gil de Biedma, en el segundo poema del mismo. Clara influencia de la generación de los 50. Entre el recuerdo de las calles por donde habitó el poeta, que le sirve para armar el correlato realista en el que se basa el autor y que le ayuda para mostrar la crítica social y la hermosa creación del recuerdo mediante la memoria re-creativa que tiñe toda buena poesía:

“para mi insaciado repetir que el pan no nos faltaba
mientras tantos sufrían.
El pan no nos faltaba”

Donde se ven los duros ecos de una posguerra que ya, como todos saben, fue, a veces, más dura que la propia guerra civil. Ecos también del granadino Luis Rosales y su magnífica La casa encendida, mezcla de poesía medida y versículo largo, amplio, de corte surrealista y alcance social.

El recuerdo, como en Proust y su célebre magdalena recién horneada que le hacen recordar aluviones de memorias de la infancia, aquí el poeta recuerda las calles, calles no inventadas, pero que se revisten de olores, de sensaciones, mientras la poesía se convierte de nuevo en una experiencia renovada que va más allá de la experiencia vital, o una experiencia reforzada:

“Después fueron olivos, trigales, alamedas
tibios frutales, pozos hondísimos,”
O:

“...ya no dicen su madurez de moras,
su intimidad de lilas y jazmín y galanes.”

La imagen evocada en estos pocos versos es evidente, las sensaciones que se asocian a estas líneas son inevitables, convirtiéndose este poema en una especie de impresionismo vital, regocijante, un cuadro vivo que pocos pueden recrear con tal maestría.

Para, al final, reconocer, que el recuerdo es fruto de la memoria, se va esculpiendo con el paso del tiempo, basándose en una anécdota que se va refinando hasta dar lugar al poema:

“El recuerdo no es pan; pero fruto, alimenta.
No me lo robes: tenlo.”

En Sitio de ballesteros, de 1981, se sirve del soneto para analizar la entraña del misterio amoroso, la forma clásica italiana que nos recuerda al mejor Renacimiento, inútil sería nombrar a todos los grandes poetas del Siglo de Oro español, pero es una línea clara entre lo petrarquista y lo formal, y que también nos recuerdan al mejor Lorca de Sonetos del amor oscuro, cuya publicación sería en 1984. Así en el soneto 3:

Para, para, Amor mío, acequia y ave
que malo es que me busque y no me encuentre
después de tanta flor en el costado.”

O las numerosas muestras de poemas basados en ejemplos clásicos, de Góngora, de san Juan de la Cruz, como :
“La dulce boca que a gustar convida
un silencio de besos destilado
y aquel licor, si oculto, más sagrado,
que mana del suspiro y la herida,”

En De un capricho celeste, de 1988.

O siguiendo a san Juan, en Una canción más clara, de 2008:
Descubre tu presencia
pidió el alma perdida
en medio de la noche:
Una estrella lucía.”

Que desgrana unos versos de san Juan enriqueciéndolos con pequeñas variaciones temáticas, pero siguiendo el esquema erótico-religioso del carmelita.

En definitiva, una obra rica, atenta a la tradición, con ansias de renovación desde el clasicismo, con nuevos temas, como pueden ser el compromiso , en el poemario Alma región luciente, de 1998, donde destaca el poema “Ohanes”, pequeña localidad de Almería que se vio empobrecida tras acabarse el consumo de la uva preparada para el barco, como tantos otros pueblos de las sierras almerienses que entraron en declive debido a la explotación en exclusiva de un solo producto, ya sea la minería, o la explotación agrícola, que sentencia de alguna forma la suerte de determinadas poblaciones que no diversifican su producción:

“que produce el milagro de lo bello
cuando fértil, y la hórrida miseria
cuando las relaciones del mercado
cambian:[...]”




Queda clara entonces la importancia de Antonio Carvajal, no solo por su obra sensual, que atesora el placer del instante, recreando la belleza de un momento que huye para siempre, sino que también tiene un puesto reservado en el panorama poético ya desde su aparición, a finales de la década de los 60, un momento de capital importancia para la poesía española, porque se configuraría la poesía española actual, heredera de aquellas décadas tan convulsas, debido a unos tiempos difíciles que obligaban a tomar una decisión ética y estética, y eso es lo que hizo Antonio Carvajal, eligiendo un camino clásico que tan altos resultados ha dado, como hemos comprobado aquí.
Una generación que resumía los planteamientos poéticos anteriores, la generación de los 50, con esa lección de neorrealismo poético, de pretendido falso testimonio que utiliza un yo poético que sirve de personaje para exponer las experiencias personales del poeta. Por otra parte, esa década, la de los 60, también resumió y finiquitó la onda social, superándose con muchos autores, en especial, gracias al Equipo Claraboya, pero también con autores como Aníbal Núñez o José-Miguel Ullán; y, por último, la corriente nueva, resumida en la famosa antología de Castellet, y autores tan significativos como Vázquez Montalbán, que no han sido lo suficientemente estudiados, pero poseedor de una obra magnífica: Praga o Una educación sentimental dan buena muestra de ello. Una década con excelentes autores, entre los que destaca por su originalidad la obra con tintes clásicos como la de Antonio Carvajal. Una obra fiel a sí misma durante más de cuarenta años.
Larga vida a la poesía entonces.

Joaquín Fabrellas



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