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Paseos

El arte del paseo debería reivindicarse como cualquier otro arte. ¿Cuántas obras habrán salido de interminables caminatas por el campo o por la ciudad? Cuántos aciertos se habrán acordado paseando, cuántas verdades se habrán fraguado hablando con un amigo, o cuántas veleidades o traiciones desveladas. El paseo forma parte del alma humana y la conversación que acompaña al paseante con otro amigo o la conversación interna contigo mismo.
Maeztu y Azorín paseaban interminablemente en su juventud, cuando les preguntaron en una ocasión a ambos que de qué habían hablado durante el largo paseo que habían mantenido una tarde dijeron que ninguno de los dos había abierto la boca: no habían dicho ni una palabra. La conversación del silencio, solo estamos callados con aquellos a los que de verdad apreciamos, los demás intentamos rellenar el silencio con tópicos en un supuesto silencio incómodo que puede ser tan productivo como una larga conversación.
Hoy ya no se pasea. Hoy ya no se conversa. Los teléfonos móviles han venido a  sustituir a la conversación oral. La gente  solo observa la pequeña pantalla por la calle, caminando con la cabeza baja y una tímida sonrisa de alguna estupidez que te están diciendo en ese momento mientras la vida pasa con alguien a tu lado con quien no hablas, no se conversa.
Los teléfonos móviles han sustituido a la comunicación pública por una interna, en silencio, pobre, sin salida. Las redes sociales demuestran la soledad del hombre y su radical aislamiento. Ya no se mira al otro por la calle, no existes si no estás en esa pequeña pantalla, si no dices alguna tontería, parecemos una sociedad que debe ser traducida a un pequeño móvil que empaca una vida sin matices.
Practiquemos el arte de la mirada y de la sorpresa ante lo que nos rodea, aún hay mucho que descubrir, y normalmente no cabe en una pantalla.

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